martes, 27 de septiembre de 2011

Cuentos fantásticos 2o Medio

La mano del Comandante Aranda
Alfonso Reyes

El comandante Benjamín Aranda perdió una mano en acción de guerra, y fue la derecha, por su mal. Otros coleccionan manos de bronce, de marfil, cristal o madera, que a veces proceden de estatuas e imágenes religiosas o que son antiguas aldabas; y peores cosas guardan los cirujanos en bocales de alcohol. ¿Por qué no conservar esta mano disecada, testimonio de una hazaña gloriosa? ¿Estamos seguros de que la mano valga menos que el cerebro o el corazón?
Meditemos. No meditó Aranda, pero lo impulsaba un secreto instinto. El hombre teológico ha sido plasmado en la arcilla, como un muñeco, por la mano de Dios. El hombre biológico evoluciona merced al servicio de su mano, y su mano ha dotado al mundo de un nuevo reino natural, el reino de las industrias y las artes. Si los murallones de Tebas se iban alzando al eco de la lira de Anfión, era su hermano Zeto, el albañil, quien encaramaba las piedras con la mano. La gente manual, los herreros y metalistas, aparecen por eso, en las arcaicas mitologías, envueltos como en vapores mágicos: son los hacedores de portento. Son Las manos entregando el fuego que ha pintado Orozco. En el mural de Diego Rivera (Bellas Artes), la mano empuña el globo cósmico que encierra los poderes de creación y de destrucción: y en Chapingo, las manos proletarias están prontas a reivindicar el patrimonio de la tierra. En el cuadro de Alfaro Siqueiros, el hombre se reduce a un par de enormes manos que solicitan la dádiva de la realidad, sin duda para recomponerla a su guisa. En el recién descubierto santuario de Tláloc (Tetitla), las manos divinas se ostentan, y sueltan el agua de la vida. Las manos en alto de Moisés sostienen la guerra conrra los amalecitas. A Agamemnón, "que manda a lo lejos", corresponde nuestro Hueman, "el de las manos largas". La mano, metáfora viviente, multiplica y extiende así el ámbito del hombre.
Los demás sentidos se conforman con la pasividad; el sentido manual experimenta y añade, y con los despojos de la tierra, edifica un orden humano, hijo del hombre. El mismo estilo oral, el gran invento de la palabra, no logra todavía desprenderse del estilo que creó la mano—la acción oratoria de los anriguos retóricos—, en sus primeras exploraciones hacia el caos ambiente, hacia lo inédito y hacia la poética futura. La mano misma sabe hablar, aun prescindiendo del alfabeto mímico de los sordomudos. ¿Qué no dice la mano? Rembrandt —recuerda Focillon—nos la muestra en todas sus capacidades y condiciones, tipos y edades: mano atónita, mano alerta, sombría y destacada en la luz que baña la resurrección de Lázaro, mano obrera, mano académica del profesor Tulp que desgaja un hacecillo de arterias, mano del pintor que dibuja a sí misma, mano inspirada de San Mateo que escribe el Evangelio bajo el dictado del Ángel, manos trabadas que cuentan los florines. En el Enterramiento del Greco, las manos crean ondas propicias para la ascensión del alma del Conde; y su Caballero de la mano al pecho, con sólo ese ademán, declara su adusta nobleza.
Este dios menor dividido en cinco personas—dios de andar por casa, dios a nuestro alcance, dios "al alcance de la mano"—ha acabado de hacer al hombre y le ha permitido construir el mundo humano. Lo mismo modela el jarro que el planeta, mueve la rueda del alfar y abre el canal de Suez.
Delicado y poderoso instrumento, posee los más afortunados recursos descubiertos por la vida física: bisagras, pinzas, tenazas, ganchos, agujas de tacto, cadenillas óseas, aspas, remos, nervios, ligámenes, canales, cojines, valles y montículos, estrellas fluviales. Posee suavidad y dureza, poderes de agresión y caricia. Y en otro orden ya inmaterial, amenaza y persuade, orienta y desorienta, ahuyenta y anima. Los ensalmadores fascinan y curan con la mano. ¿Qué más? Ella descubrió el comercio del toma y daca, dio su arma a la liberalidad y a la codicia. Nos encaminó a la matemática, y enseñó a los ismaelitas, cuando vendieron a José (fresco romano de Saint-Savin), a contar con los dedos los dineros del Faraón. Ella nos dio el sentimiento de la profundidad y el peso, la sensación de la pesantez y el arraigo en la gravitación cósmica; creó el espacio para nosotros, y a ella debemos que el universo no sea un plano igual por el que simplemente se deslizan los ojos.
¡Prenda indispensable para jansenistas y voluptuosos! ¡Flor maravillosa de cinco pétalos, que se abren y cierran como la sensitiva, a la menor provocación! ¿El cinco es número necesario en las armonías universales? ¿Pertenece la mano al orden de la zarzarrosa, del nomeolvides, de la pimpinela escarlata? Los quirománticos tal vez tengan razón en sustancia, aunque no en sus interpretaciones pueriles. Si los fisonomistas de antaño—como Lavater, cuyas páginas merecieron la atención de Goethe—se hubieran pasado de la cara a la mano, completando así sus vagos atisbos, sin duda lo aciertan. Porque la cara es espejo y expresión, pero la mano es intervención. Moreno Villa intenta un buceo en los escritores, partiendo de la configuración de sus manos. Urbina ha cantado a sus bellas manos, único asomo material de su alma.
No hay duda, la mano merece un respeto singular, y bien podía ocupar un sitio predilecto entre los lares del comandante Aranda.
La mano fue depositada cuidadosamente en un estuche acolchado. Las arrugas de raso blanco—soporte a las falanges, puente a la palma, regazo al pomo—fingían un diminuto paisaje alpestre. De cuando en cuando, se concedía a los íntimos el privilegio de contemplarla unos instantes. Pues era una mano agradable, robusta, inteligente, algo crispada aún por la empuñadura de la espada. Su conservación era perfecta.
Poco a poco, el tabú, el objeto misterioso, el talismán escondido, se fue volviendo familiar. Y entonces emigró del cofre de caudales hasta la vitrina de la sala, y se le hizo sitio entre las condecoraciones de campaña y las cruces de la Constancia Militar.
Dieron en crecerle las uñas, lo cual revelaba una vida lenta, sorda, subrepticia. De momento pareció un arrastre de inercia, y luego se vio que era virtud propia. Con alguna repugnancia al principio, la manicura de la familia accedió a cuidar de aquellas uñas cada ocho días. La mano estaba siempre muy bien acicalada y compuesta.
Sin saber cómo—así es el hombre, convierte la estatua del dios en bibelot—, la mano bajó de categoría, sufrió una manus diminutio, dejó de ser una reliquia, y entró decididamente en la circulación doméstica. A los seis meses, ya andaba de pisapapeles o servía para sujetar las hojas de los manuscritos —el comandante escribía ahora sus memorias con la izquierda—; pues la mano cortada era flexible, plástica, y los dedos conservaban dócilmente la postura que se les imprimía.
A pesar de su repugnante frialdad, los chicos de la casa acabaron por perderle el respeto. Al año, ya se rascaban con ella, o se divertían plegando sus dedos en forma de figa brasileña, carreta mexicana, y otras procacidades del folklore internacional .
La mano, así, recordó muchas cosas que tenía completamente olvidadas. Su personalidad se fue acentuando notablemente. Cobró conciencia y carácter propios. Empezó a alargar tentáculos. Luego se movió como tarántula. Todo parecía cosa de juego. Cuando, un día, se encontraron con que se había calzado sola un guante y se había ajustado una pulsera por la muñeca cercenada, ya a nadie le llamó la atención.
Andaba con libertad de un lado a otro, monstruoso falderillo algo acangrejado. Después aprendió a correr, con un galope muy parecido al de los conejos. Y haciendo "sentadillas" sobre los dedos, comenzó a saltar que era un prodigio. Un día se la vio venir, desplegada, en la corriente de aire: había adquirido la facultad del vuelo.
Pero, a todo esto, ¿cómo se orientaba, cómo veía? ¡Ah! Ciertos sabios dicen que hay una luz oscura, insensible para la retina, acaso sensible para otros órganos, y más si se los especializa mediante la educación y el ejercicio. Y Louis Farigoule—Jules Romains, en las letras—observa que ciertos elementos nerviosos, cuya verdadera función se ignora, rematan en la epidermis; aventura que la visión puede provenir tan sólo de un desarrollo local en alguna parte de la piel, más tarde convertida en ojo: y asegura que ha hecho percibir la luz a los ciegos, después de algunos experimentos, por ciertas regiones de la espalda. ¿Y no había de ver también la mano? Desde luego, ella completa su visión con el tacto, casi tiene ojos en los dedos, y la palma puede orientarse al golpe del aire como las membranas del murciélago. Nanuk el esquimal, en sus polares y nubladas estepas, levanta y agita las veletas de sus manos—acaso también receptores térmicos—para orientarse en un ambiente aparentemente uniforme. La mano capta mil cosas fugitivas, y penetra las corrientes translúcidas que escapan al ojo y al músculo, aquellas que ni se ven ni casi oponen resistencia.
Ello es que la mano, en cuanto se condujo sola, se volvió ingobernable, echó temperamento. Podemos decir, que fue entonces cuando "sacó las uñas". Iba y venía a su talante. Desaparecía cuando le daba la gana, volvía cuando se le antojaba. Alzaba castillos de equilibrio inverosímil con las botellas y las copas. Dicen que hasta se emborrachaba, y en todo caso, trasnochaba.
No obedecía a nadie. Era burlona y traviesa. Pellizcaba las narices a las visitas, abofeteaba en la puerta a los cobradores. Se quedaba inmóvil, "haciendo el muerto", para dejarse contemplar por los que aún no la conocían, y de repente les hacía una señal obscena. Se complacía, singularmente, en darle suaves sopapos a su antiguo dueño, y también solía espantarle las moscas. Y él la contemplaba con ternura, los ojos arrasados en lágrimas, como a un hijo que hubiera resultado "mala cabeza".
Todo lo trastornaba. Ya le daba por asear y barrer la casa, ya por mezclar los zapatos de la familia, con verdadero genio aritmético de las permutaciones, combinaciones y cambiaciones; o rompía los vidrios a pedradas, o escondía las pelotas de los muchachos que juegan por la calle.
El comandante la observaba y sufría en silencio. Su señora le tenía un odio incontenible, y era —claro está—su víctima preferida. La mano, en tanto que pasaba a otros ejercicios, la humillaba dándole algunas lecciones de labor y cocina.
La verdad es que la familia comenzó a desmoralizarse. El manco caía en extremos de melancolía muy contrarios a su antiguo modo de ser. La señora se volvió recelosa y asustadiza, casi con manía de persecución. Los hijos se hacían negligentes, abandonaban sus deberes escolares y descuidaban, en general, sus buenas maneras. Como si hubiera entrado en la casa un duende chocarrero, todo era sobresaltos, tráfago inútil, voces, portazos. Las comidas se servían a destiempo, y a lo mejor, en el salón y hasta en cualquiera de las alcobas. Porque, ante la consternación del comandante, la epiléptica contrariedad de su esposa y el disimulado regocijo de la gente menuda, la mano había tomado posesión del comedor para sus ejercicios gimnásticos, se encerraba por dentro con llave, y recibía a los que querían expulsarla tirándoles platos a la cabeza. No hubo más que ceder la plaza: rendirse con armas y bagajes, dijo Aranda.
Los viejos servidores, hasta "el ama que había criado a la niña", se ahuyentaron. Los nuevos servidores no aguantaban un día en la casa embrujada. Las amistades y los parientes desertaron. La policía comenzó a inquietarse ante las reiteradas reclamaciones de los vecinos. La última reja de plata que aún quedaba en el Palacio Nacional desapareció como por encanto. Se declaró una epidemia de hurtos, a cuenta de la misteriosa mano que muchas veces era inocente.
Y lo más cruel del caso es que la gente no culpaba a la mano, no creía que hubiera tal mano animada de vida propia, sino que todo lo atribuía a las malas artes del pobre manco, cuyo cercenado despojo ya amenazaba con costarnos un día lo que nos costó la pata de Santa-Anna. Sin duda Aranda era un brujo que tenía pacto con Satanás. La gente se santiguaba.
La mano, en tanto, indiferente al daño ajeno, adquiría una musculatura atlética, se robustecía y perfeccionaba por instantes, y cada vez sabía hacer más cosas. ¿Pues no quiso continuarle por su cuenta las memorias al comandante? La noche que decidió salir a tomar el fresco en automóvil, la familia Aranda, incapaz de sujetarla, creyó que se hundía el mundo. Pero no hubo un solo accidente, ni multas, ni "mordidas". Por lo menos—dijo el comandante—así se conservará la máquina en buen estado, que ya amenazaba enmohecerse desde la huída del chauffer.
Abandonada a su propia naturaleza, la mano fue poco a poco encarnando la idea platónica que le dio el ser, la idea de asir, el ansia de apoderamiento, hija del pulgar aponible: esta inapreciable conquista del Homo faber que tanto nos envidian los mamíferos digitados, aunque no las aves de rapiña. Al ver, sobre todo, cómo aparecían las gallinas con el pescuezo retorcido, o cómo llegaban a la casa objetos de arte ajenos—que luego Aranda pasaba infinitos trabajos para devolver a sus propietarios, entre tartamudeos e incomprensibles disculpas—, fue ya evidente que la mano era un animal de presa y un ente ladrón.
La salud mental de Aranda era puesta ya en tela de juicio. Se hablaba también de alucinaciones colectivas, de los raps o ruidos de espíritus que, por 1847, aparecieron en casa de la familia Fox, y de otras cosas por el estilo. Las veinte o treinta personas que de veras habían visto la mano no parecían dignas de crédito cuando eran de la clase servil, fácil pasto a las supersticiones; y cuando eran gente de mediana cultura, callaban, contestaban con evasivas por miedo a comprometerse o a ponerse en ridículo. Una mesa redonda de la Facultad de Filosofía y Letras se consagró a discutir cierta tesis antropológica sobre el origen de los mitos.
Pero hay algo tierno y terrible en esta historia. Entre alaridos de pavor, se despertó un día Aranda a la media noche: en extrañas nupcias, la mano cortada, la derecha, había venido a enlazarse con su mano izquierda, su compañera de otros días, como anhelosa de su arrimo. No fue posible desprenderla. Allí pasó el resto de la noche, y allí resolvió pernoctar en adelante. La costumbre hace familiares los monstruos. El comandante acabó por desentenderse. Hasta le pareció que aquel extraño contacto hacía más llevadera su mutilación y, en cierto modo, confortaba a su mano única.
Porque la pobre mano siniestra, la hembra, necesitó el beso y la compañía de la mano masculina, la diestra. No la denostemos. Ella, en su torpeza, conserva tenazmente, como precioso lastre, las virtudes prehistóricas, la lentitud, la tardanza de los siglos en que nuestra especie fue elaborándose. Corrige las desorbitadas audacias, las ambiciones de la diestra. Es una suerte—se ha dicho que no tengamos dos manos derechas: nos hubiéramos perdido entonces entre las puras sutilezas y marañas del virtuosismo; no seríamos hombres verdaderos, no: seríamos prestidigitadores. Gauguin sabe bien lo que hace cuando, como freno a su etérea sensibilidad, enseña otra vez a su mano diestra a pintar con el candor de la zurda.
Pero, una noche, la mano empujó la puerta de la biblioteca y se engolfó en la lectura. Y dio con un cuento de Maupassant sobre una mano cortada que acaba por estrangular al enemigo. Y dio con una hermosa fantasía de Nerval, donde una mano encantada recorre el mundo, haciendo primores y maleficios. Y dio con unos apuntes del filósofo Gaos sobre la fenomenología de la mano. . . ¡Cielos! ¿Cuál será el resultado de esta temerosa incursión en el alfabeto?
El resultado es sereno y triste. La orgullosa mano independiente, que creía ser una persona, un ente autónomo, un inventor de su propia conducta, se convenció de que no era más que un tema literario, un asunto de fantasía ya muy traído y llevado por la pluma de los escritores. Con pesadumbre y dificultad—y estoy por decir que derramando abundantes lágrimas—se encaminó a la vitrina de la sala, se acomodó en su estuche, que antes colocó cuidadosamente entre las condecoraciones de campaña y las cruces de la Constancia Militar, y desengañada y pesarosa, se suicidó a su manera, se dejó morir.
Rayaba el sol cuando el comandante, que había pasado la noche revolcándose en el insomnio y acongojado por la prolongada ausencia de su mano, la descubrió yerta, en el estuche, algo ennegrecida y como con señales de asfixia. No daba crédito a sus ojos. Cuando hubo comprendido el caso, arrugó con nervioso puño el papel en que ya solicitaba su baja del servicio activo, se alzó cuan largo era, reasumió su militar altivez y, sobresaltando a su casa, gritó a voz en cuello:
—¡Atención, firmes! ¡Todos a su puesto! ¡Clarín de órdenes, a tocar la diana de victoria!



El Pájaro Verde (Texto completo)
Juan Emar-Diez
Así deberíamos llamar este triste relato. Recurriremos a su origen, si es que hay algo en esta vida que tenga origen.
Pero, ¡en fin!, es el caso que allá por el año de 1847, un grupo de sabios franceses llegaba en la goleta La Gosse a la desembocadura del Amazonas. Iba con el propósito de estudiar la flora y fauna de aquellas regiones para, a su regreso, presentar una larga y acabada memoria al "Institut des Hautes Sciences Tropicales" de Montpellier.
A fines de dicho año, fondeaba La Gosse en Manaos, y los treinta y seis sabios -tal era su número-, en seis piraguas de seis sabios cada una, se internaban río adentro.
A mediados de 1848 se les señala en el pueblo de Teffe, y a principios de 1849, entrando en excursión al Juruá. Cinco meses más tarde han regresado a ese pueblo acarreando dos piraguas más, cargadas de curiosos ejemplares zoológicos y botánicos. Acto conti¬nuo siguen internándose por el Marañón, y el 1° de enero de 1850 se detienen y hacen carpas en la aldea de Tabatinga a orillas del río mencionado.
De estos treinta y seis sabios, a mí, personalmente, sólo me interesa uno, lo que no quiere decir, ni por un instante, que desconozca los méritos y las sabidurías de los treinta y cinco restantes. Este uno es Monsieur le Docteur Guy de la Crotale, de 52 años de edad en aquel entonces, regordete, bajo, gran barba colorina, ojos bonachones y hablar cadencioso.
Del doctor de la Crotale ignoro totalmente sus méritos (lo que, por cierto, no es negarlos) y de su sabiduría no tengo ni la menor noción (lo cual tampoco es negarla). En cuanto a la participación que le cupo en la famosa memoria presentada en 1857 al Institut de Montpellier, la desconozco en su integridad, y en lo que se refiere a sus labores durante los largos años que los dichos sabios pasaron en las selvas tropicales, no tengo de ellas ni la más remota idea. Todo lo cual no quita que el doctor Guy de la Crotale me interese en alto grado. He aquí las razones para ello:
Monsieur le Docteur Guy de la Crotale era un hombre extremadamente sentimental y sus sentimientos estaban ubicados, ante todo, en los diversos pajaritos que pueblan los cielos. De entre todos estos pajaritos, Monsieur le Docteur sentía una marcada preferencia por los loros, de modo que ya instalados todos ellos en Tabatinga, obtuvo de sus colegas el permiso de conseguirse un ejemplar, cuidar¬lo, alimentarlo y aun llevarlo consigo a su país. Una noche, mientras todos los loros de la región dormían acurrucados, como es su costum¬bre, en las copas de frondosos sicomoros, el doctor dejó su tienda y, marchando por entre los troncos de abedules, caobillas, dipterocár¬peos y cinamomos; pisando bajo sus botas la culantrillo, la damiana y el peyote; enredándose a menudo en los tallos del cinclidoto y de la vincapervinca; y heridas las narices por el olor del fruto del manga¬chapuy y los oídos por el crujir de la madera del espino cerval; una noche de vaga claridad, el doctor llegó a la base y trepó sigilosamente al más alto de todos los sicomoros, alargó presto una mano y se amparó de un loro.
El pájaro así atrapado era totalmente verde salvo bajo el pico donde se ornaba con dos rayas de plumillas negro-azuladas. Su tamaño era mediano, unos 18 centímetros de la cabeza al nacimiento de la cola, y de ésta tendría unos 20 centímetros, no más. Como este loro es el centro de cuanto voy a contar, daré sobre su vida y muerte algunos datos. Aquí van:
Nació el 5 de mayo de 1821, es decir que en el momento preciso en que rompía su huevo y entraba a la vida, lejos, muy lejos, allá en la abandonada isla de Santa Elena, fallecía el más grande de todos los emperadores, Napoleón 1.
De la Crotale lo llevó a Francia y desde 1857 a 1872 vivió en Montpellier cuidadosamente servido por su amo. Mas en este año el buen doctor murió. Pasó entonces el loro a ser propiedad de una sobrina suya, Mademoiselle Marguerite de la Crotale, quien dos años más tarde, en 1874, contrajo matrimonio con el capitán Henri Silure-Portune de Rascasse. Este matrimonio fue infecundo durante cuatro años, pero el año quinto se vio bendecido con el nacimiento de Henri-Guy-Hégésippe-Désiré-Gaston. Este muchacho, desde su más tierna edad, mostró inclinaciones artísticas -acaso transmisión del fino sentimentalismo del viejo doctor- y de entre todas las artes prefirió, sin disputa, la pintura. Así es cómo, una vez llegado a París a la edad de 17 años -por haber sido su padre comandado a la guarnición de la capital- Henrl-Guy entró a la Ecole des Beaux¬-Arts. Después de recibido de pintor, se dedicó casi exclusivamente a los retratos, mas luego, sintiendo en forma aguda la influencia de Chardin, meditó grandes naturalezas muertas con algunos animales vivos. Pasó por sus pinceles el gato de casa entre diversos comestibles y útiles de cocina, pasó el perro, pasaron las gallinas y el canario, y el 1° de agosto de 1906 Henri-Guy se sentaba frente a una gran tela teniendo como modelo, sobre una mesa de caoba, dos maceteros con variadas flores, una cajuela de laca, un violín y nuestro loro. Mas las emanaciones de la pintura y la inmovilidad de la pose, empezaron pronto a debilitar la salud del pajarito, y así es como el 16 de ese mes lanzó un suspiro y falleció en el mismo instante en que el más espantoso de los terremotos azotaba a la ciudad de Valparaíso y castigaba duramente a la ciudad de Santiago de Chile donde hoy, 12 de junio de 1934, escribo yo en el silencio de mi biblioteca.
El noble loro de Tabatinga, cazado por el sabio profesor Monsieur le Docteur Guy de la Crotale y muerto en el altar de las artes frente al pintor Henri-Guy Silure-Portune de Rascasse, había vivido 85 años, 3 meses y 11 días.
Que en paz descanse.
Mas no descansó en paz. Henri-Guy, tiernamente, lo hizo embalsamar.
Siguió el loro embalsamado y montado sobre fino pedestal de ébano hasta fines de 1915, fecha en que se supo que en las trincheras moría heroicamente el pintor. Su madre, viuda desde hacía siete años, pensó en viajar hacia el Nuevo Mundo y, antes de embarcarse, envió a remate gran número de sus muebles y objetos. Entre éstos iba el loro de Tabatinga.
Fue adquirido por el viejo père Serpentaire que tenía en el número 3 de la rue Chaptal una tienda de baratijas, de antigüedades de poco valor y de bichos embalsamados. Allí pasó el loro hasta 1924 sin hallar ni un solo interesado por su persona. Pero dicho año la cosa hubo de cambiar, y he aquí de qué modo y por qué circunstancias:
En abril de ese año llegaba yo a París y, con varios amigos compatriotas, nos dedicamos, noche a noche, a la más descomunal y alegre juerga. Nuestro barrio predilecto era el bajo Montmartre. No había dancing o cabaré de la rue Fontaine, de la rue Pigalle, del boulevard Clichy o de la place Blanche, que no nos tuviera como sus más fervorosos clientes, y el preferido por nosotros era, sin duda, el Palermo de la ya mencionada rue Fontaine, donde, entre dos músicas de negros, una orquesta argentina tocaba tangos arrastrados como turrones.
Al sonar los bandoneones perdíamos la cabeza, entraba el cham¬paña por nuestros gaznates y ya cuando la primera voz -un barítono latigudo- rompía con el canto, nuestro entusiasmo rayaba en la locura.
De entre todos aquellos tangos, yo tenía uno de mi completa predilección. Acaso la primera vez que lo oí -mejor sería decir "lo noté"; y aun me parece, lo aislé pasaba por mí algún sentimiento nuevo, nacía en mi interior un elemento psíquico más que, al romper y explayarse dentro como el loro rompiendo su huevo y explayán¬dose por entre los gigantes sicomoros- encontró como materia en donde envolverse, fortificarse y durar, las notas largas de ese tango. Una coincidencia, una simultaneidad, sin duda alguna. Y aunque el tal elemento psíquico nuevo nunca abrió luz en mi conciencia, era el caso que al prorrumpir aquellos acordes yo sabía con todo mi ser entero, de los cabellos a los pies, que ellos -los acordes- estaban llenos de significados vivos para mí. Entonces bailaba apretándola, a la que fuese, con voluptuosidad y ternura y sentía una vaga compa¬sión por todo lo que no fuese yo mismo envuelto, enredado con una ella y con mi tango.
Cantaba el barítono latigudo del Palermo:
Yo he visto un pájaro verde
Bañarse en agua de rosas
Y en un vaso cristalino
Un clavel que se deshoja.
"Yo he visto un pájaro verde...". Esta fue la frase -en un comienzo tarareada, luego únicamente hablada- que expresó todo lo sentido. La usaba yo para toda cosa y para toda cosa sentía que calzaba con admirable justeza. Luego, por simpatía, los amigos la adaptaron para vaciar dentro de ella cuanto les vagara alrededor sin franca nitidez. Y como además dicha frase encerraba una especie de santo y seña en nuestras complicidades -nocturnas, tendió sobre nosotros un hilo flexible de entendimiento con cabida para cualquier posibilidad.
Así, si alguno tenía una gran noticia que dar, un éxito, una conquista, un triunfo, frotábase las manos y exclamaba con rostro radiante:
-¡Yo he visto un pájaro verde!
Y si luego una preocupación, un desagrado se cernía sobre él, con voz baja, con ojos cavilosos, gachas las comisuras de sus labios, decía:
-Yo he visto un pájaro verde...
Y así para todo. En realidad no había necesidad para entendernos, para expresar cuanto quisiéramos, para hundirnos en nuestros más sutiles pliegues del alma, no había necesidad, digo, de recurrir a ninguna otra frase. Y la vida, al ser expresada de este modo, con este acortamiento y con tanta comprensión, tomaba para nosotros un cierto cariz peculiar y nos formaba una segunda vida paralela a la otra, vida que a ésta a veces la explicaba, a veces la embrollaba, a menudo la caricaturizaba con tal es especial agudeza que ni aun nosotros mismos llegábamos a penetrar bien a fondo en dónde y por dónde aquello se producía.
Luego, con bastante frecuencia, sobre todo hallándome ya solo en casa de vuelta de nuestras farras, era súbitamente víctima de una carcajada incontenible con sólo decirme para mis adentros:
-Yo he visto un pájaro verde.
Y si entonces miraba, por ejemplo, mi cama, mi sombrero o por la ventana los techos de París para de ahí pasar a la punta de mis zapatos, esa carcajada, junto con aumentar su cosquilleo interno, volvía a echar sobre todos mis semejantes una nueva gota de compa¬sión y hasta desprecio, al pensar cuán infelices son todos aquellos que no han podido, siquiera un vez, reducir sus existencias todas a una sola frase que todo lo apriete, condense y, además, fructifique.
En verdad, yo he visto un pájaro verde.
Y en verdad, ahora mismo me río un poco y recuerdo y compren¬do por qué la humanidad puede ser compadecida.
Una tarde de octubre fui de excursión a Montparnasse. Visitando sus diferentes bares por la tarde y sus boites por la noche, y después de suculenta comida, regresé a casa con la cabeza mareada, con el estómago repleto y con hígado y riñones trabajando enérgicamente.
Al día siguiente, cuando a las siete de la tarde telefonearon los amigos para juntarnos e ir de farra, mi enfermera les respondió que me sería totalmente imposible hacerles compañía aquella noche.
Recorrieron ellos todos nuestros sitios favoritos, y entre champa¬ña, bailes y cenas, les sorprendió el amanecer y luego una magnífica mañana otoñal.
Cogidos del brazo, entonando los aires oídos, sobre los ojos u orejas los sombreros, bajaban por la rue Blanche y torcían por la rue Chaptal en demanda de la rue Notre Dame de Lorette donde dos de ellos vivían. Al pasar frente al número 3 de la segunda de las calles citadas, el pére Serpentaire abría su tiendecilla y aparecía en el escaparate, ante las miradas atónitas de mis amigos, tieso sobre su largo pedestal de ébano, el pájaro verde de Tabatinga.
Uno gritó:
-¡Hombres! ¡El pájaro verde!
Y los otros, más que extrañados, temerosos de que aquello fuese una visión alcohólica o una materialización de sus continuos pensa¬mientos, repitieron en voz queda:
-Oh... El pájaro verde...
Un segundo después, recobrada la normalidad, se precipitaban cual un solo hombre a la tienda y pedían la inmediata entrega del ave. Pidió el pére Serpentaire once francos por la pieza y los buenos amigos, emocionados hasta las lágrimas con el hallazgo, doblaron el precio y depositaron en manos del viejo abismado, la suma de veintidós francos.
Entonces les vino el recuerdo del compañero ausente y, con un mismo paso, se dirigieron a casa. Treparon las escaleras con escánda¬lo de los conserjes, llamaron a mi puerta y me hicieron entrega de la reliquia.Todos a una voz cantamos entonces:
Yo he visto un pájaro verde
Bañarse en agua de rosas
Y en un vaso cristalino
Un clavel que se deshoja.
El loro de Tabatinga tomó sitio sobre mi mesa de trabajo y allí, su mirada de vidrio posada sobre el retrato de Baudelaire en el muro de enfrente, allí me acompañó los cuatro años más que permanecí en París.
A fines de 1928 regresé a Chile. Bien embalado en mi maleta, el pájaro verde volvió a cruzar el Atlántico, pasó por Buenos Aires y las pampas, trepó la cordillera, cayó conmigo al otro lado, llegó a la estación Mapocho y el 7 de enero de 1929 sus ojos de vidrio, acostumbrados a la imagen del poeta, contemplaron curiosos el patio bajo y polvoriento de mi casa y luego, en mi escritorio, un busto de nuestro héroe Arturo Prat.
Pasó todo aquel año en paz. Pasó el siguiente en igual forma y apareció, tras un cañonazo nocturno, el año de gracia de 1931.
Y aquí comienza una nueva historia.
El mismo 1° de enero de aquel año -es decir (acaso dato superfluo pero, en fin, viene a mi pluma) 84 años después de la llegada del doctor Guy de la Crotale a Tabatinga- llegaba a Santiago, procedente de las salitreras de Antofagasta, mi tío José Pedro y me pedía, en vista de que había en casa una pieza para alojados, que en ella le diese hospitalidad.
Mi tío José Pedro era un hombre docto, bruñido por trabajos imaginarios y que consideraba como su más sagrado deber dar, en larguísimas pláticas, consejos a la juventud, sobre todo si en ella militaba alguno de sus sobrinos. La ocasión en mi casa le pareció preciosa pues ya -ignoro por qué vías- mi existencia de continua juerga en París había llegado a sus oídos. Todos los días durante los almuerzos, todas las noches después de las comidas, mi tío me hablaba con voz lenta sobre los horrores del París nocturno y me sermoneaba por haber vivido yo tantos años en él y no en el París de la Sorbona y alrededores.
La noche del 9 de febrero, sorbiendo nuestras tazas de café en mi escritorio, mi tío me preguntó de pronto, alargando su índice tembloroso hacia el pájaro verde:
-¿Y ese loro?
En breves palabras le conté cómo había llegado a mis manos después de una noche de diversiones y bullicio de mis mejores amigos y a la que no había podido asistir por haber ingerido el día antes enormes cantidades de comida y de alcoholes varios. Mi tío José Pedro clavóme entonces una mirada austera y luego, posándola sobre el ave, exclamó:
-¡Infame bicho!
Esto fue todo.
Esto fue el desatar, el cataclismo, la catástrofe. Esto fue el fin de su destino y el comienzo del total cambio del mío. Esto -alcancé a observarlo con la velocidad del rayo en mi reloj mural- aconteció a los 10 y 2 minutos y 48 segundos de aquel fatal 9 de febrero de 1931.
-¡Infame bicho!
Exactamente con perderse el último eco de la "o" final, el loro abrió sus alas, las agitó con vertiginosa rapidez y, tomando los aires con su pedestal de ébano siempre adherido a las patas, cruzó la habitación y, como un proyectil cayó sobre el cráneo del pobre tío José Pedro.
Al tocarlo -recuerdo perfectamente el pedestal osciló como un péndulo y vino a golpear con su base -que debe haber estado bastante sucia- la gran corbata blanca de mi tío, dejando en ella una mancha terrosa. Junto con ello, el loro clavaba en su calva un violento picotazo. Crujió el frontal, cedió, se abrió y de la abertura, tal cual sale, crece, se infla y derrama la lava de un volcán, salió, creció, se infló y derramó gruesa masa gris de su cerebro y varios hilillos de sangre resbalaron por la frente y por la sien izquierda. Entonces el silencio que se había producido al empezar el ave el vuelo, fue llenado por el más horrible grito de espanto, dejándome paralizado, helado, petrificado, pues nunca habría podido imaginar que un hombre lograse gritar en tal forma y menos el buen tío de hablar lento y cadencioso.
Mas un instante después recobraba de golpe, como una llamara¬da, mi calor y mi conciencia, cogía de un viejo mortero su mano de cobre y me lanzaba hacia ellos dispuesto a deshacer de un mazazo al vil pajarraco.
Tres saltos y alzo el arma para dejarla caer sobre el bicho en el momento en que se disponía a clavar un segundo picotazo. Pero al verme se detuvo, volvió los ojos hacia mí y con un ligero movimiento de cabeza, me preguntó presuroso:
-¿El señor Juan Emar, si me hace el favor?
Y yo, naturalmente, respondí:
- Servidor de usted.
Entonces, ante esta repentina paralización mía, asestó un segun¬do picotazo. Un nuevo agujero en el cráneo, nueva materia gris, nuevos hilos de sangre y nuevo grito de horror, pero ya más ahogado, más debilitado.
Vuelvo a recobrar mi sangre fría y, con ella, la clara noción de mi deber. Alzase mi brazo y el arma. Pero el loro vuelve a fijarme y vuelve a hablar:
-¿El señor Juan Em... ?
Y yo, con tal de terminar pronto:
- Servidor de ust...
Tercer picotazo. Mi viejo perdió un ojo. Como quien usa una cucharilla especial, el loro con su pico se lo vació y luego lo escupió a mis pies.
El ojo de mi viejo era de una redondez perfecta salvo en el punto opuesto a la pupila donde crecía una como pequeña colita que me recordó inmediatamente los ágiles guarisapos que pueblan los panta¬nos.De esta colita salía un hilo escarlata delgadísimo que, desde el suelo, iba a internarse en la cavidad vacía del ojo y que, con los desesperados movimientos del anciano, se alargaba, se acortaba, temblaba, mas no se rompía ni tampoco movía al ojo quedado como adherido al suelo. Este ojo era, repito -hechas las salvedades que anoto- perfectamente esférico. Era blanco, blanco cual una bolita de marfil. Yo siempre había imaginado que los ojos, atrás -y sobre todo de los ancianos-, eran ligeramente tostados.Mas no: blanco, blanco cual una bolita de marfil.
Sobre este blanco, con gracia, con sutileza, corrían finísimas venas de laca que, entremezclándose con otras más finas aún de cobalto, formaban una maravillosa filigrana, tan maravillosa, que parecía moverse, resbalar sobre el húmedo blanco y, a veces, hasta desprenderse para ir luego por los aires como una telaraña iluminada que volase.
Pero no. Nada se movía. Era una ilusión nacida del deseo -harto legítimo por lo demás- de que tanta belleza y gracia aumentase, siguiese, llegase a la vida propia y se elevase para recrear la vista con sus formas multiplicadas, el alma con su realización asombrosa.
Un tercer grito me volvió al camino de mi deber. ¿Grito? No tanto. Un quejido ronco; eso es, un quejido ronco pero suficiente, como he dicho, para volverme al camino de mi deber.
Un salto y silba en mi mano la mano del rnortero. El loro se vuelve, me mira:
-¿El señor Ju... ?
Y yo presuroso:
-Servidor de u...
Un instante. Detención. Cuarto picotazo.
Este cayó en lo alto de la nariz y se terminó en su base. Es decir, la rebanó en su totalidad.
Mi tío, después de esto, quedó hecho un espectáculo pasmoso. Bullía en lo alto de su cabeza, en dos cráteres, la lava de sus pensamientos; vibraba el hilito escarlata desde la cuenca de su ojo; y en el triángulo dejado en medio de la cara por la desaparición de la nariz, aparecía y desaparecía, se inflaba y se chupaba, a impulsos de su respiración agitada, una masa de sangre espesa.
Aquí ya no hubo grito ni quejido. Únicamente su otro ojo, por entre los párpados caídos, pudo lanzarme una mirada de súplica. La sentí clavarse en mi corazón y afluir entonces a éste toda la ternura y todos los recuerdos perdidos hasta la infancia, que me ataban a mi tío. Ante tales sentimientos, no vacilé más y me lancé frenético y ciego. Mientras mi brazo caía, llegó a mis oídos un susurro:
-¿El señ... ?
Y oí que mis labios respondían:
- Servid...
Quinto picotazo. Le arrancó el mentón. Rodó el mentón por su pecho y, al pasar por su gran corbata blanca, limpió de ella el polvo dejado por el pedestal y lo reemplazó un diente amarilloso que allí se desprendió y sujetó, y que brilló como un topacio. Acto continuo, allá arriba, cesó el bullir, por el triángulo de la nariz disminuyó el ir y venir de los borbotones espesos, el hilo del ojo se rompió, y el mentón, al dar contra el suelo, sonó como un tambor. Entonces sus dos manos flacas cayeron lacias de ambos lados y de sus uñas agudas, dirigidas inertes hacia la tierra, se desprendieron diez lágrimas de sudor.
Sonó un silbido bajo. Un estertor. Silencio.
Mi tío José Pedro falleció.
El reloj mural marcaba las 10 y 3 y 56. La escena había durado 1 minuto y segundos.
Después de esto, el pájaro verde permaneció un instante en suspenso, luego extendió sus alas, las agitó violentamente y se elevó.Como un cernícalo sobre su presa, se mantuvo suspendido e inmóvil en medio de la habitación, produciendo con el temblor de las alas un chasquido semejante a las gotas de la lluvia sobre el hielo. Y el pedestal, entre tanto, se balanceaba siguiendo el ritmo del péndulo de mi reloj mural.
Luego el bicho hizo un vuelo circular y por fin se posó, o mejor dicho, posó su pie de ébano sobre la mesa y, fijando nuevamente sus dos vidrios sobre el busto de Arturo Prat, los dejó allí quietos en una mirada sin fin.
Eran las 10 y 4 minutos y 19 segundos.
El 11 de febrero por la mañana se efectuaron los funerales de mi tío José Pedro.
Al llevar el féretro a la carroza, debíamos pasar frente a la ventana de mi escritorio. Aproveché la distracción de los acompañantes para echar un vistazo al interior. Allí estaba mi loro inmóvil, volviéndo¬me la espalda.
La enorme cantidad de odio despedida por mis ojos debió pesarle sobre las plumas del dorso, más aún si a su peso se agregó -como lo creo- el de las palabras cuchicheadas por mis labios:
-¡Ya arreglaremos cuentas, pájaro inmundo!
Sin duda, pues rápido volvió la cabeza y me guiñó un ojo junto con empezar a entreabrir el pico para hablar. Y como yo sabía perfectamente cuál sería la pregunta que me iba a hacer, para evitarla por inútil, guiñé también un ojo y, levemente, con una mueca del rostro, le di a entender una afirmación que traducida a palabras sería algo como quien dice:
- Servidor de usted.
Regresé a casa a la hora de almuerzo. Sentado solo a mi mesa, eché de menos las lentas pláticas morales de mi tío tan querido, y siempre, día a día, las recuerdo y envío hacia su tumba un recuerdo cariñoso.
Hoy, 12 de junio de 1934, hace tres años, cuatro meses y tres días que falleció el noble anciano. Mi vida durante este tiempo ha sido, para cuantos me conocen, igual a la que siempre he llevado, mas, para mí mismo, ha sufrido un cambio radical.
He aumentado con mis semejantes en complacencia, pues, ante cualquier cosa que me requieran, me inclino y les digo:
- Servidor de ustedes.
Conmigo mismo he aumentado en afabilidad pues, ante cualquier empresa de cualquier índole que trate de intentar, me imagino a la tal empresa como una gran dama de pie frente a mí y entonces, haciendo una reverencia en el vacío, le digo:
- Señora, servidor de usted.
Y veo que la dama, sonriendo, se vuelve y se aleja lentamente. Por lo cual ninguna empresa se lleva a fin.
Mas en todo lo restante, como he dicho, sigo igual: duermo bien, como con apetito, voy por las calles alegremente, charlo con los amigos con bastante amenidad, salgo de juerga algunas noches y hay por ahí, según me dicen, una muchacha que me ama con ternura.
Cuanto al pájaro verde, aquí está, inmóvil y mudo. A veces, de tarde en tarde, le hago una seña amistosa y a media voz le canto:
Yo he visto un pájaro verde
Bañarse en agua de rosas
Y en un vaso cristalino
Un clavel que se deshoja.
Mas él no se mueve ni pronuncia palabra alguna.

Viaje a la Semilla
de Alejo Carpentier
I
—¿Qué quieres, viejo?...
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían —despojados de su secreto— cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.
Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se desplomlaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.
Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras desorientadas.
II
Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.
Los cuadrados de mármol, blancos y negros volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación. En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.
El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de chocolate.
Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera derretida
III
Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos.
Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró, de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche cerrado, cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.
Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes, para disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del mejor postor, al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al cuello, que apretaban su sordina al percibir el sonido temible de las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de carne se hacía hombre de papel.
Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la tarde.
IV
Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un cuerpo nuevo fueron desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al flagelo. Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo luego un deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa volvió, una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de la calesa no traían en las crines más humedad que la del propio sudor. Pero, durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra, irritados, al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.
Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa. Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo de la cama, que andaba por el patio murmurando: «¡Desconfía de los ríos, niña; desconfía de lo verde que corre!» No había día en que el agua no revelara su presencia. Pero esa presencia acabó por no ser más que una jícara derramada sobre el vestido traído de París, al regreso del baile aniversario dado por el Capitán General de la Colonia.
Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas de la fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas perdían anillos. Las enredaderas saltaban la primera cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres y los capiteles parecieron recién tallados. Más fogoso Marcial solía pasarse tardes enteras abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura fresca llenó la casa.
V
Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas. Sólo él habló en la obscuridad.
Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas—relumbrante de grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol. Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal interior de la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban caer sobre las lozas un mazo de vetiver. El vaho del guarapo giraba en la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas que tenían diapasón de cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido, aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje por un traje de novia, y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y, con revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados. Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de altas rejas, la Ceres fue sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas, pintada ya el alba, las luces de los velones.
VI
Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.
Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia. Otro embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de Campoflorido, su sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala.
Y subieron todos al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos. La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.
Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho según el reciente patrón de «El Jardín de las Moodas». Las puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto. Luego. se jugó a la gallina ciega y al escondite.
Marcial, oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca—así fuera de movida una guaracha—sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.
VII
Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia, eran más frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca, cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin sólo quedó una pensión razonable, calculada para poner coto a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San Carlos.
Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo cada vez menos las explicaciones de los dómines. El mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al principio, una ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas, controversistas y ergotantes, cobraba la inmovilidad de un museo de figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con una exposición escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se dijera en cualquier texto. «León», «Avestruz», «Ballena», «Jaguar», leíase sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo, «Aristóteles», «Santo Tomás», «Bacon», «Descartes», encabezaban páginas negras, en que se catalogaban aburridamente las interpretaciones del universo, al margen de una capitular espesa.
Poco a poco, Marcial dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un gran peso. Su mente se hizo alegre y ligera, admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma, cuando la luz clara de invierno daba mayores detalles a las fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera. El día que abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomon recobró su categoría de duende: el espectro fue sinónimo de fantasma; el octandro era bicho acorazado, con púas en el lomo.
Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de las murallas. El recuerdo de la que llevaba zapatillas bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de calor, como un dolor de muelas. Pero, un día, la cólera y las amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por última vez en las sábanas del infierno, renunciando para siempre a sus rodeos por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus espaldas cierta acera rajada, señal, cuando andaba con la vista baja, de la media vuelta que debía darse por hollar el umbral de los perfumes.
Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre los hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a imágenes que recobraban su color primero.
VIII
Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos sobre el borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran mas hondas y los sillones de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No había ya que doblar las piernas al recostarse en el fondo de la bañadera con anillas de mármol.
Una mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente, de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera. Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo, y abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás, los artilleros, con sus cañones, escobillones y botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes. Los morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio a más de un metro de distancia.
—¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...
Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al comedor.
Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensando antes. Afectas al terciopelo de los cojines, las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a notario—como Don Abundio—por no conocer, con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando llovía, Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar la caja de resonancia, poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los rayos para construir aquella bóveda de calderones-órgano, pinar al viento, mandolina de grillos.
IX
Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y el almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana. Había seis pasteles de la confitería de la Alameda—cuando sólo dos podían comerse, los domingos, después de misa. Se entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce. Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del Comercio.
Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el empaque y los ejemplos usuales. Los «Sí, padre» y los «No, padre», se encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante en una misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y salla, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones: porque le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.
El padre era un ser terrible y magnánimo al que debla amarse después de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.
X
Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que había debajo de las camas, armarios y vargueños, ocultó a todos un gran secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor.
Melchor venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su reino había elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres no trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones obscuras, llenas de legajos. Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos sacó el gran cocodrilo del lago azul, ensartándolo con una pica oculta en los cuerpos apretados de doce ocas asadas. Melchor sabía canciones fáciles de aprender, porque las palabras no tenían significado y se repetían mucho. Robaba dulces en las cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y, cierta vez, había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego en las sombras de la calle de la Amargura.
En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la cocina. Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales botas. La derecha se llamaba Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre que dominaba los caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos en los belfos; aquel señor de terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan altas, sabía también lo fresco que era un suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una fruta o un pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran Salón. Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas y almendras, que llamaban el «Urí, urí, urá», con entendidas carcajadas. Ambos habían explorado la casa de arriba abajo, siendo los únicos en saber que existía un pequeño sótano lleno de frascos holandeses, debajo de las cuadras, y que en desván inútil, encima de los cuartos de criadas, doce mariposas polvorientas acababan de perder las alas en caja de cristales rotos.
XI
Cuando Marcial adquirió el habito de romper cosas, olvidó a Melchor para acercarse a los perros. Había varios en la casa. El atigrado grande; el podenco que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado viejo para jugar; el lanudo que los demás perseguían en épocas determinadas, y que las camareras tenían que encerrar.
Marcial prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba sin motivo y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando, también, vaciaba un huevo acabado de poner, arrojando la gallina al aire con brusco palancazo del hocico. Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la cola, después de haber sido abandonado más allá de la Casa de Beneficencia, recobrando un puesto que los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en la guardia, nunca ocuparían.
Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos.
Pero los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores. Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca del tejadillo calificaba a su padre de «bárbaro», Marcial miraba a Canelo, riendo con los ojos Lloraban un poco más, para ganarse un bizcocho y todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban al sol, bebían en la fuente de los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas. En horas de calor, los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris, con bolsa colgante entre las patas zambas; el gallo viejo de culo pelado; la lagartija que decía «urí, urá», sacándose del cuello una corbata rosada; el triste jubo nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su agujero con una semilla de carey. Un día señalaron el perro a Marcial.
—¡Guau, guau!—dijo.
Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería alcanzar, con sus manos objetos que estaban fuera del alcance de sus manos
XII
Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida.
Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los minutos sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador.
Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos, las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas raíces al pie de las selvas. Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro, volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa.
XIII
Cuando los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición, encontraron el trabajo acabado. Alguien se había llevado la estatua de Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de quejarse al Sindicato, los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque municipal. Uno recordó entonces la historia, muy difuminada, de una Marquesa de Capellanías, ahogada, en tarde de mayo, entre las malangas del Almendares. Pero nadie prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte.


Continuidad de los parques
de Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte.
Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos pero é1 rechazaba las caricias, no había venido ha repetir las ceremonias de una pasión secreta. protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado, coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora, cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido., El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez. parapetándose en 1os árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en 1a segunda. La puerta del salón, y entonces: el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela
Chac Mool Carlos Fuentes
Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque había sido despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por los sudores de la cocina tropical, bailar el Sábado de Gloria en La Quebrada y sentirse “gente conocida” en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien; pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, a la medianoche, el largo trecho entre Caleta y la isla de la Roqueta! Frau Müller no permitió que se le velara, a pesar de ser un cliente tan antiguo, en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido dentro de su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, muy temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos: el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos con lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje.
Salimos de Acapulco a la hora de la brisa tempranera. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Mientras desayunaba huevos y chorizo abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico derogado de la ciudad de México. Cachos de lotería. El pasaje de ida -¿sólo de ida? Y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol.
Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómitos y cierto sentimiento natural de respeto por la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría -sí, empezaba con eso- nuestra cotidiana labor en la oficina; quizá sabría, al fin, por qué fue declinado, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni “Sufragio Efectivo No Reelección”. Por qué, en fin, fue corrido, olvidaba la pensión, sin respetar los escalafones.
“Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El Licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros; de hecho, librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían por su baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos de ellos (quizá los más humildes) llegarían muy alto y aquí, en la Escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes se quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, nos quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas modernizadas -también hay, como barricada de una invasión, una fuente de sodas- y pretendí leer expedientes. Vi a muchos antiguos compañeros, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían; o no me querían reconocer. A lo sumo -uno o dos- una mano gorda y rápida sobre el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé detrás de los expedientes. Desfilaron en mi memoria los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y, también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando y, al cabo, ¿quién sabrá dónde fueron a dar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera? Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo, había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? En ocasiones me asaltaba el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la mirada a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.”
“Pepe, aparte de su pasión por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. Él es descreído, pero no le basta; en media cuadra tuvo que fabricar una teoría. Que si yo no fuera mexicano, no adoraría a Cristo y -No, mira, parece evidente. Llegan los españoles y te proponen adorar a un Dios muerto hecho un coágulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qué cosa más natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?... figúrate, en cambio, que México hubiera sido conquistado por budistas o por mahometanos. No es concebible que nuestros indios veneraran a un individuo que murió de indigestión. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.
“Pepe conocía mi afición, desde joven, por ciertas formas de arte indígena mexicana. Yo colecciono estatuillas, ídolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala o en Teotihuacán. Acaso por esto le guste relacionar todas las teorías que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una réplica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo.
“Un guasón pintó de rojo el agua del garrafón en la oficina, con la consiguiente perturbación de las labores. He debido consignarlo al Director, a quien sólo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el día entero, todos en torno al agua. Ch...”
“Hoy domingo, aproveché para ir a la Lagunilla. Encontré el Chac Mool en la tienducha que me señaló Pepe. Es una pieza preciosa, de tamaño natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga al ídolo para convencer a los turistas de la sangrienta autenticidad de la escultura.
“El traslado a la casa me costó más que la adquisición. Pero ya está aquí, por el momento en el sótano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol vertical y fogoso; ese fue su elemento y condición. Pierde mucho mi Chac Mool en la oscuridad del sótano; allí, es un simple bulto agónico, y su mueca parece reprocharme que le niegue la luz. El comerciante tenía un foco que iluminaba verticalmente en la escultura, recortando todas sus aristas y dándole una expresión más amable. Habrá que seguir su ejemplo.”
“Amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina y se desbordó, corrió por el piso y llego hasta el sótano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron. Todo esto, en día de labores, me obligó a llegar tarde a la oficina.”
“Vinieron, por fin, a arreglar la tubería. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base.”
“Desperté a la una: había escuchado un quejido terrible. Pensé en ladrones. Pura imaginación.”
“Los lamentos nocturnos han seguido. No sé a qué atribuirlo, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tubería volvió a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el sótano.”
“El plomero no viene; estoy desesperado. Del Departamento del Distrito Federal, más vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi sótano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra.”
“Secaron el sótano, y el Chac Mool está cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a una casa de apartamentos, y tomar el piso más alto, para evitar estas tragedias acuáticas. Pero yo no puedo dejar este caserón, ciertamente es muy grande para mí solo, un poco lúgubre en su arquitectura porfiriana. Pero es la única herencia y recuerdo de mis padres. No sé qué me daría ver una fuente de sodas con sinfonola en el sótano y una tienda de decoración en la planta baja.”
“Fui a raspar el musgo del Chac Mool con una espátula. Parecía ser ya parte de la piedra; fue labor de más de una hora, y sólo a las seis de la tarde pude terminar. No se distinguía muy bien la penumbra; al finalizar el trabajo, seguí con la mano los contornos de la piedra. Cada vez que lo repasaba, el bloque parecía reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabará por arruinarla. Le he echado encima unos trapos; mañana la pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total.”
“Los trapos han caído al suelo, increíble. Volví a palpar el Chac Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la consistencia de la piedra. No quiero escribirlo: hay en el torso algo de la textura de la carne, al apretar los brazos los siento de goma, siento que algo circula por esa figura recostada... Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos.”
“Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la oficina, giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el Director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es mi imaginación o delirio o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool.”
Hasta aquí la escritura de Filiberto era la antigua, la que tantas veces vi en formas y memoranda, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, sin embargo, parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa:
“Todo es tan natural; y luego se cree en lo real... pero esto lo es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más, porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si un bromista pinta el agua de rojo... Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?... si un hombre atravesara el paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces, qué?... Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en el rumor de un caracol marino. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haberse borrado hoy; era movimiento reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un día tiembla para que recordemos su poder, o como la muerte que un día llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad: sabíamos que estaba allí, mostrenca; ahora nos sacude para hacerse viva y presente. Pensé, nuevamente, que era pura imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir... No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volvía a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas.
“Casi sin aliento, encendí la luz.
“Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaron los dos ojillos casi bizcos, muy pegados al caballete de la nariz triangular. Los dientes inferiores mordían el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del casuelón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia mi cama; entonces empezó a llover.”
Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretaría, con una recriminación pública del Director y rumores de locura y hasta de robo. Esto no lo creí. Sí pude ver unos oficios descabellados, preguntándole al Oficial Mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme a mí mismo; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, habían enervado a mi amigo. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:
“Chac Mool puede ser simpático cuando quiere, ‘...un gluglú de agua embelesada’... Sabe historias fantásticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales y el castigo de los desiertos; cada planta arranca de su paternidad mítica: el sauce es su hija descarriada, los lotos, sus niños mimados; su suegra, el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las sandalias flamantes de vejez. Con risa estridente, Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon y puesto físicamente en contacto de hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y en la tempestad, naturalmente; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado del escondite maya en el que yacía es artificial y cruel. Creo que Chac Mool nunca lo perdonará. Él sabe de la inminencia del hecho estético.
“He debido proporcionarle sapolio para que se lave el vientre que el mercader, al creerlo azteca, le untó de salsa ketchup. No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tlaloc1, y cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsivos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir al sótano; desde ayer, lo hace en mi cama.”
“Hoy empezó la temporada seca. Ayer, desde la sala donde ahora duermo, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí; entreabrí la puerta de la recámara: Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; al verme, saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño. Luego bajó, jadeante, y pidió agua; todo el día tiene corriendo los grifos, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido que no empape más la sala2.”
“El Chac inundó hoy la sala. Exasperado, le dije que lo iba a devolver al mercado de la Lagunilla. Tan terrible como su risilla -horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o de animal- fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de pesados brazaletes. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era bien distinta: yo dominaría a Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez -¿quién lo dijo?- es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta... Ha tomado mi ropa y se pone la bata cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, desde siempre y para siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo doblegarme ante él. Mientras no llueva -¿y su poder mágico?- vivirá colérico e irritable.”
“Hoy decidí que en las noches Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una tonada chirriona y antigua, más vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqué varias veces a su puerta, y como no me contestó, me atrevía a entrar. No había vuelto a ver la recámara desde el día en que la estatua trató de atacarme: está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas.”
“Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; me ha obligado a telefonear a una fonda para que diariamente me traigan un portaviandas. Pero el dinero sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac Mool ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará: también es Dios del Rayo. Lo que él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas... Como no hay luz, debo acostarme a las ocho. Ya debería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada y quise gritar.”
“Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse otra vez en piedra. He notado sus dificultades recientes para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, contra la pared y parece ser, de nuevo, un ídolo inerme, por más dios de la tempestad y el trueno que se le considere. Pero estos reposos sólo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiese arrancar algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables durante los cuales relataba viejos cuentos; creo notar en él una especie de resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: los vinos de mi bodega se están acabando; Chac Mool acaricia la seda de la bata; quiere que traiga una criada a la casa, me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac cae en tentaciones, si se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado por el poder aplazado del tiempo. Pero también me pongo a pensar en algo terrible: el Chac no querrá que yo asista a su derrumbe, no querrá un testigo..., es posible que desee matarme.”
“Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir. Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para conseguir trabajo y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Yo necesito asolearme, nadar y recuperar fuerzas. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo Chac Mool: a ver cuánto dura sin mis baldes de agua.”
Aquí termina el diario de Filiberto. No quise pensar más en su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo sicológico. Cuando, a las nueve de la noche, llegamos a la terminal, aún no podía explicarme la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y después de allí ordenar el entierro.
Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata, quería cubrir las arrugas con la cara polveada; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.
-Perdone... no sabía que Filiberto hubiera...
-No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.



El guardagujas

EL GUARDAGUJAS de Juan José Arreola






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200 El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso conducir, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera1miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de2 quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al moverse, el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, y éste le dijo ansioso su pregunta:
--Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
--¿Lleva usted poco tiempo en este país?
--Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T.3 mañana mismo.4
--Se ve que usted ignora5 por completo lo que ocurre. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros,-- y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía6 un presidio.
--Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
--Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
--¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
--Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
--Por favor . . .
--Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho ya grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias comprenden y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan7 las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado8.
--Pero ¿hay un tren que pase por esta ciudad?
--Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo, mediante dos rayas de gis. Dadas las condiciones actuales9, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente10, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.
--¿Me llevará ese tren a T.?
--¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho11 si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente algún rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
--Es que yo tengo un boleto en regla12 para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?
--Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...
--Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted ...
--El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
--Pero el tren que pasa por T. ¿ya se encuentra en servicio?
--Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a ur tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
--¿Cómo es eso?
--En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa se ve en el caso de lo tomar medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, anade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es razón de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero --lujosamente embalsamado-- en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa-- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles; allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren quede totalmente destruido.
--¡Santo Dios!
--Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable.13 Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo juntos, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
--¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
--Necesita usted ir templando su ánimo;14 tal vez llegue usted a convertirse en un héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. En una ocasión, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba un puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha hacia atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atrevan a afrontar esa molestia suplementaria.
--¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
--¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por de pronto15 en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos;16 mil personas estarán para17 impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, exasperados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Frecuentemente provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden mutuamente el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
--¿Y la policía no interviene?
--Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacia tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de ese servicio todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuela, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado, que los capacita para que puedan pasar su vida en los trenes. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.
--Pero una vez en el tren, ¿está uno a cubierto18 de nuevas dificultades?
--Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que19 usted creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de20 ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva21 y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están rellenas de aserrín. Esos munecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
--Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
--Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, bien podría darse el caso de que usted llegara a T. mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de22 lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Pasa un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: «Hemos llegado a T.». Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.
--¿Podria yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
--Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo.23 Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No converse con ninguno de los pasajeros. Podrían desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta se daría el caso de que lo denunciaran.
--¿Qué está usted diciendo?
--En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea.24 Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más;25 pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel, en caso de que no le obligaran a descender26en una falsa estación, perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
--Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
--En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
--¿Y eso qué objeto tiene?
--Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber a dónde van ni de dónde vienen.
--Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
--Yo, señor, sólo soy guardagujas. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosos. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: «Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual», dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.27
--¿Y los viajeros?
--Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lotes selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted acabar sus días en un pintoresco lugar desconocido, en compañia de una muchachita?
El viejecillo hizo un guiño, y se quedó mirando al viajero con picardía, sonriente y lleno de bondad. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, lleno de inquietud, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
--¿Es el tren? --preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
--¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice usted que se llama?
--¡X! --contestó el viajero.--
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudentemente, al encuentro del tren. Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

martes, 30 de agosto de 2011

El ruego

Señor, tú sabes cómo, con encendido brío,
por los seres extraños mi palabra te invoca.
Vengo ahora a pedirte por uno que era mío,
mi vaso de frescura, el panal de mi boca,

cal de mis huesos, dulce razón de la jornada,
gorjeo de mi oído, ceñidor de mi veste.
Me cuido hasta de aquellos en que no puse nada;
¡no tengas ojo torvo si te pido por éste!

Te digo que era bueno, te digo que tenía
el corazón entero a flor de pecho, que era
suave de índole, franco como la luz del día,
henchido de milagro como la primavera.

Me replicas, severo, que es de plegaria indigno
el que no untó de preces sus dos labios febriles,
y se fue aquella tarde sin esperar tu signo,
trazándose las sienes como vasos sutiles.

Pero yo, mi Señor, te arguyo que he tocado,
de la misma manera que el nardo de su frente,
todo su corazón dulce y atormentado
¡y tenía la seda del capullo naciente!

¿Que fue cruel? Olvidas, Señor, que le quería,
Y él sabía suya la entraña que llagaba.
¿Que enturbió para siempre mis linfas de alegría?
¡No importa! Tú comprende: ¡yo le amaba, le amaba!

Y amar (bien sabes de eso) es amargo ejercicio;
un mantener los párpados de lágrimas mojados,
un refrescar de besos las trenzas del cilicio
conservando, bajo ellas, los ojos extasiados.

El hierro que taladra tiene un gustoso frío,
cuando abre, cual gavillas, las carnes amorosas.
Y la cruz (Tú te acuerdas ¡oh Rey de los judíos!)
se lleva con blandura, como un gajo de rosas.

Aquí me estoy, Señor, con la cara caída
sobre el polvo, parlándote un crepúsculo entero,
o todos los crepúsculos a que alcance la vida,
si tardas en decirme la palabra que espero.

Fatigaré tu oído de preces y sollozos,
lamiendo, lebrel tímido, los bordes de tu manto,
y ni pueden huirme tus ojos amorosos
ni esquivar tu pie el riego caliente de mi llanto.

¡Di el perdón, dilo al fin! Va a esparcir en el viento
la palabra el perfume, de cien pomos de olores
al vaciarse; toda agua será deslumbramiento;
el yermo echará flor y el guijarro esplendores.

Se mojarán los ojos oscuros de las fieras,
y, comprendiendo, el monte que de piedra forjaste
llorará por los párpados blancos de sus neveras:
¡toda la tierra tuya sabrá que perdonaste!

lunes, 29 de agosto de 2011

Ortografía

Octavos reglas de ortografía
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lunes, 8 de agosto de 2011

Cuentos chilenos


Adiós a Ruibarbo
Guillermo Blanco:

Mañana a mañana, casi al filo del alba, el chico llegaba a sentarse en la acera empedrada, frente al portón de la panadería. Adoptaba siempre la misma postura: cruzadas las piernas, las manos cruzadas delante de ellas, la vista fija en el callejón que conducía a las caballerizas. Sus ojos eran hondos, eran negros, miraban de una manera extrañamente intensa. Esperaban, con esa mansa paciencia cristalina de los ojos de niño.
A veces, la brisa del amanecer le producía en el cuerpo un leve estremecimiento. A veces era el sol recién nacido el que le penetraba con quieta caricia. Todo él, sin embargo, se concentraba en la mirada en las pupilas inmóviles, atentas al punto por donde habrían de asomar los caballos , y sólo parecía retornar a la vida cuando se escuchaban desde dentro las voces de los conductores, y restallaban las fustas, y sobre los adoquines comenzaba a resonar el golpeteo de las herraduras.
Luego aparecía el primer carro
Iba saliendo muy despacio, pues el callejón era angosto, y al dueño le molestaba que los ejes rasparan el adobe de los muros. Los hombres lanzaban imprecaciones a cada maniobra, más quizá por costumbre, por una especie de rito del gremio, que por estar airados de verdad.
Pero el chico no los oía.
Nos los veía.
Él contemplara a los caballos únicamente, mientras en sus labios se insinuaba una sonrisa, o menos: la sombra, el soplo tierno de una sonrisa.
Si era posible, al pasar los tocaba. Apenas unas palmaditas fugaces en las paletas, en las ancas. Musitaba sus nombres, muy serio, igual que si fuesen un secreto entre ellos y él:
—Pintado. . .
—Canela. . .
—Penacho. . .
—Ruibarbo. . .
Eran cuatro. Dos salían trotando hacia un lado y dos hacia el lado opuesto. El muchacho también se marchaba, en cuanto los veía desaparecer a la distancia. Se iba paso a paso, y las piernas y el cuerpo se prolongaban a su espalda en una sombra interminable, imagen de su deseo de quedarse allí, junto al portón, aguardando.
Caminaba hacia la escuela, al lado oriente de la ciudad.
La ciudad era pequeña, de no muchos habitantes. Sólo diez o doce casas grandes, unas cuantas oficinas, un par de avenidas con pavimento de concreto. El resto era viejo o antiguo: calzadas polvorientas, construcciones de un piso, techos de tejas y verjas de hierro. Todavía algunos hombres y mujeres esquivaban ir al centro por recelo de los letreros luminosos, los automóviles, los dependientes pulcros de las tiendas.
El chico no iba casi nunca.
De la escuela bajaba al río, del río a almorzar, y luego de nuevo a la panadería.
Ahora era la tarde las cuatro de la tarde, o las tres y media y la sombra se le adelantaba, remedando a su impaciencia por volver. Era el rato de la siesta: los caballos reposaban, desuncidos, en los pesebres. Hasta su lado llegaba él, con ese andar lento, que era una excusa, y se les aproximaba, y otra vez les hablaba uno a uno:
—Canela.
—Ruibardo.
— Pintado.
—Ruibarbo.
Desentornaban los enormes ojos quietos para mirarlo.
Los dos más jóvenes parecían entenderle mejor, como si recogieran la ternura, el trémolo de bondad, que latía en su voz. Parecía que le escucharan, que le replicaran, en cierto idioma silencioso. Los viejos no: alzaban a duras penas esos párpados bajo los cuales semejaban dormir unas pupilas desprovistas de visión, y grises de un largo y ancho desgano. Estos eran sus predilectos, no obstante, y el chico escurría los dedos, acariciando a pausa sus pelambres húmedas de sudor. (Le agradaba el rastro que después iba dejándole aquel sudor en la piel. Le gustaba olfatearlo, guardarlo en las manos, dormirse por la noche percibiendo su eco).
— Manco, manco —murmuraba.
Algo quizá si apenas otra forma de silencio— respondía en Canela y Pintado, mientras las orejas inmóviles de Penacho y Ruibarbo dejaban escurrir, resbalar, su compasión.
—Penacho. . .
Nada.
—¿Ruibarbo?
Igual.
Era como si su voz se perdiera, cayera en unos pozos sin eco. Miraba a los caballos fijo, fijo, largo, con un dolor suyo por los malos tratos que les adivinaba recibiendo, por los interminables plantones quietos contra un muro, y luego ese ir y venir sin cambio calle abajo y calle arriba, y el nunca ver pasto vivo o agua que corre: todo aquello que a través de quizá cuántos años venía secándolos, vaciándolos, lo mismo que si fuesen un par de charcos secos en verano.
—Manco. . .
Le provocaba angustia notar el gesto amargo de sus belfos. Sin saber sabía que era una amargura inerte, no nacida en nostalgia de los árboles ni el viento ni de la alegría de los esteros, pues jamás pudieron conocer desde cerca esteros o árboles, y en la pequeña ciudad el viento servía sólo para levantar terrales.
La nostalgia habría sido hasta un alivio contra el tedio.
En cambio, cierta aridez yerta parecía haber ido quedándose en los dos caballos—como ese polvo sutil que acumula el tiempo en los rincones al arrastrarse sobre ellos los días y los días y los días parejos, hechos de horas parejas, sin minutos ni segundos, de esas horas inmóviles, que dan lo mismo, que se acumulan y aplastan desprovistas de alternativas y de esperanzas y de sorpresas.
Sí, les perdonaba su frialdad. Los intuía incapaces de otra reacción, de cualquier reacción: no le habrían podido odiar, igual que no le podían agradecer, responder.
—Manco. . .
Su mano iba recorriendo morosamente las ásperas pieles, sorteaba con afecto las mataduras, trataba de decir, pulso a pulso, lo que no cabía en la voz: esa amistad intensa que es sentir el dolor en carne propia, vivir la fusta y la soledad y el tedio, palpar la opresión de las cuatro paredes y el imposible de la sombra, los árboles, el quieto frescor de los esteros.
Lo conocían ya los hombres de la panadería, y lo dejaban quedarse allí.
—Entra, Potrillo —invitaban al verlo junto a la puerta.
Él pasaba sin articular palabra, con la clara elocuencia de sus ojos no más, y se movía suave, silenciosamente, y se ponía al lado de sus amigos.
En varias oportunidades le ofrecieron subirlo sobre el lomo de algunos de los caballos.
—¿Quieres dar una vuelta, Potrillo?
—No.
—¿Tienes miedo?
—No.
—¿Entonces?
—No quiero.
—¡Ah, tienes miedo!
Lo dejaban.
Por qué iba a tener miedo. Le daba, sí, una especie de vergüenza la idea de trepar en ellos, cansados como estaban. Era humillante, y era cruel.
No deseaba ser jinete, sino compañero suyo.
Le gustaba, por eso, que le llamaran Potrillo. Por eso le gustaba el olor que en su epidermis iba dejando el sudor de las ásperas pelambres.
Cuando iba al río, se echaba boca abajo sobre una piedra enorme —siempre la misma— y se dedicaba a soñar despierto. Imaginaba una suerte de invariable cuento de hadas: él era rico, muy rico, o muy poderoso, dueño de un reino con castillos y palacios y lagos tranquilos, y en medio del mayor de los lagos había una isla ancha, lisa, entera cubierta de césped, y allí enviaba él a los caballos, los de todas las panaderías de la comarca, y les tenía esteros y árboles y unos pesebres inmensos y hermosos, y nadie podía maltratarlos ni montarlos, porque él había impuesto pena de muerte a quien lo hiciera, y en un lugar maravilloso de la isla habitaban Ruibarbo, Pintado, Canela y Penacho, y a los ojos de Canela y Ruibarbo había vuelto la visión, y eran unos ojos vivos, alegres —mansos siempre: claro—, lustrosos de felicidad, plenos de paz, y él los observaba y les hablaba y ahora sí le entendían, y los dos se iban con él, andando, andando, bajo los olmos y las higueras, y se metían por unos vados pedregosos, y entre las ramas que se trababan por sobre sus cabezas veían el cielo, con un sol perenne y tibio, que no daba calor sino sólo infundía en el cuerpo una sensación de gozosa tibieza, y cuando llegaba la noche, él, el príncipe, dejaba a veces los asuntos de Estado para quedarse a dormir con sus amigos tendido en el pasto entre los cuerpos enormes y suaves, y al amanecer siguiente lo despertaban, en lugar de clarines, los relinchos de Ruibarbo y Canela, y al abrir los párpados se encontraba con el mágico espectáculo de las crines y las largas colas flotando en el aire mientras los animales galopaban por la llanura...
Un día, cuando salía al reparto el carro tirado por Ruibarbo, el anciano conductor dijo al chico:
—Despídete de él, Potrillo.
Su mirada preguntó por qué.
—El patrón lo vendió.
—¿A quién?
Quiso el hombre callar, pero las pupilas del niño no permitían huirle.
Con voz ronca explicó que lo llevarían al matadero mañana de alba, que harían charqui de él. Bueno, estaba tan viejo que...
Al matadero.
Se fue el muchacho pensativo calle abajo. Su hermana había ido al matadero una vez, y luego le contó cómo era, cómo un hombre que vestía un delantal ensangrentado se acercó a un buey y le clavó su enorme cuchillo en el pecho, y el buey no murió al primer golpe, y observaba con expresión apacible—sin rencor ni rebeldía— al verdugo. Parecía pedirle que acabara pronto. Mientras, la sangre fluía de la ancha herida y algo se apagaba a pausa en su vista.
Llegó el chico al río, se puso a andar por la orilla.
Una bandada de garzas alzó el vuelo sobre el cauce. Un perro lo siguió a corta distancia durante un trecho. Había un piño de cabras. Él no percibía nada. Sólo escuchaba retumbar en su mente la palabra matadero, y ante su vista flotaban el delantal manchado de rojo, el machete, la agonía que imaginaba a Ruibarbo.
Era la hora de la escuela.
No fue a la escuela.
Permaneció la mañana entera tendido en su roca de siempre, aunque sin soñar, como siempre: meditando, obsesionado, desesperado. Volvió a almorzar. Comió maquinalmente con la cabeza baja y la garganta estrecha de angustia. Nadie lo notó, ni le preguntaron.
Por la tarde se encaminó a la panadería y se quedó hasta que ya estuvo oscuro junto al viejo Ruibarbo, musitando su caricia inútil:
—Manco, manco, Ruibarbo...
De pronto oyó que cerraban la puerta. Colocaban trancas. Alguien se despedía:
—Hasta mañana patrón.
—Hasta mañana. ¿Les pusiste agua a los caballos?
—Sí.
—¿A los cuatro?
—No sé si al Ruibarbo. Total, para qué darles trabajo de más a los charqueadores.
Sonó una carcajada.
El chico se estremeció. No hizo ningún movimiento. Esperaría a que se fueran, y daría de beber a su amigo. Eso sí lo iba a entender.
Se escucharon pasos aún, voces que iban apagándose. Después, un largo rato durante el cual no hubo ruido alguno, fuera del que producían los animales con su lento masticar del forraje.
Se asomó al patio: una luna blanquecina emergía ya, y alumbraba todo vagamente.
Nadie.
Sigiloso, buscando los rincones, avanzó hacia la llave del agua. Al pasar frente al callejón de salida una idea le aceleró el pulso hasta la angustia: corrió, jadeante, al portón, y comenzó a hurgar a tientas. Por fin halló la tranca. Pesaba mucho. La alzó a duras penas. Cuando lo hubo conseguido, el madero se vino al suelo con estrépito.
Creyó que no podría evitar el llanto. Se contuvo porque era demasiado grande su miedo.
Trató de hacerse ovillo.
Esperó.
Al cabo de unos segundos oyó abrirse una ventana en el segundo piso. Apareció en ella el panadero, que oteó en torno, minucioso. Se volvió en seguida hacia adentro.
—No es nada, mujer dijo—. Sería uno de los caballos, que ha estado intranquilo.
Luego cerró.
El chico permaneció quieto por interminables minutos. Una campana de reloj dio la hora, pero él no atinó a contar los golpes. Aún resonó otro antes de que se atreviese a cambiar de postura.
Se levantó entonces con mil precauciones, fue hasta la caballeriza de Ruibarbo, desató la cuerda que lo ligaba a un poste y comenzó¿ a conducirlo hasta el portón. El animal se resistía al principio. Después le siguió, a paso lento. Le pareció al niño que nunca habían resonado tanto las herraduras sobre los adoquines.
La espesa hoja de madera se abrió con quejidos de vieja.
No se atrevió a cerrarla.
En la calle no había nadie, ni encontraron a nadie en el trecho breve que la panadería distaba del río. Así alcanzaron al puente, a cuyo extremo opuesto el llano y los cerros se abrían, libres, semejantes al reino con que el chico soñaba, y revestidos ahora de magia por la claridad de la luna.
Tenso de emoción, quitó la cuerda del cuello de Ruibarbo, le dio las últimas palmadas de afecto y murmuró cálidamente:
—Adiós.
El caballo permaneció unos momentos inmóvil, como si no entendiera. Después dio media vuelta y se fue trotando, trotando, hasta el portón de la panadería por el que desapareció.


El conjuro
Oscar Castro
En los ojos nocturnos de Celedonio Parra barájanse lentamente los naipes verdes del porotal. Esos ojos labriegos, ante la invasión jocunda de las guías trepadoras, ante los capis tiernos, que van inflándose soplados por la savia, se refrescan de una desnuda alegría. Alegría de agua cantante, de cielo liviano, de libre viento corredor. No es solamente la perspectiva de la copiosa cosecha, sino el florecer de su esfuerzo lo que pone campanillas de júbilo en el alma de Celedonio Parra. Aquella cuadra de tierra sembrada, con sus maizales de espadas relucientes, con sus zapallos que florecen copas de oro, con su jugosa gravidez, es obra de este hombre que ahora la mira, complacido, desde la cerca rústica que separa su casa del campo abierto.
Celedonio Parra tiene la carne de avellana y los nervios de boldo montañés. Su barba es amarillenta como un lino oxidado. Sus manos están pesadas de callos, veteadas de rugosidades como la corteza terrestre. Y sus espaldas tienen una curva liviana de colina en descenso. Si pudiésemos mirarlo hacia adentro, veríamos su espíritu riendo, tal una flor de quisco cercada de espinas. Es duro como las montañas; pero, como ellas, tiene también arroyos que llevan cielo en sus cristales.
El campesino piensa en su mujer y en sus hijos, y los sembrados van trasmutándose con lentitud en trapos de colores chillones, en monedas que sirven para pagar deudas, en comestibles distintos a los que produce el suelo.
Vuélvese el hombre pausadamente y penetra en su casa, que huele a humo, a pobreza a cebolla recién picada. En el fondo de sus pupilas, un viento invisible continúa jugando una brisca de esperanzas con los naipes verdísimos del porotal.
**
Y he aquí, de pronto, como una granizada imprevista, la noticia tremenda que hizo encogerse como un puño las almas labriegas. La trajo una mañana Juan Palacios, regador de la hacienda, y ella fue colándose como un viento por todas las puertas que se asoman al camino. Entró golpeando con sus puños inflexibles el pecho duro de cada campesino. Se hizo asombro, protesta, dolor sobre los rostros de canela. Gimió en las almas de las mujeres cansadas de tener hijos y de hacer todos los días idénticos menesteres.
—¡La cuncunilla!
—¡La cuncunilla!
—¡La cuncunilla!
Unos bichos voraces, implacables, de color plomizo y cuerpo peludo, habían aparecido sobre las hojas y los tallos que sostenían en sus brazos frágiles la venidera cosecha. Todos sabían lo que aquello significaba. Pronto las hojas estarían caladas, los tallos se doblarían impotentes, las legumbres y hortalizas no podrían fructificar.
Celedonio Parra era viejo y conocía muchas cosas. A él acudieron los campesinos en una vislumbre de desesperada esperanza. Celedonio, cogiendo en su mano dos o tres de los gusanillos, los pisoteó con una ojota rústica, en un gesto de impotencia desolada.
—¿Qué se puee hacer, Celedonio?
La pregunta salía de diez bocas anhelantes, y los ojos se colgaban de esos otros ojos que ahora tenían una negra nube sobre la negrura del iris.
—Mi padre me dijo que pa esto no hay remedio. Hay que dejar que la cuncunilla se llene y se muera sola.
—Pero son miles. No van a'ejar ni rastro en una semana.
Y uno, desolado:
—El porotal mío ya'stá pa nunca.
Y otro:
—¡Y la cosecha que venía tan güenaza este año!
Con la vista perdida en el océano verde extendido hasta el pie mismo de las montañas, Celedonio deja caer unas palabras:
—Lo único, lo único, sería hablar con el patrón pa que trajera un cura. Esos busanos del diablo le hacen caso, en veces, a los conjuros.
—¡Vamos pa'onde el patrón!
—¡Vamos!
—¡Pero al tiro!
La esperanza los lleva. Van por el camino con una fe grandiosa en las entrañas. Caminan, caminan, temerosos de perder un solo segundo. Y no hablan casi pues les parece que las palabras se les enredan en los pies. Allá, tras una hilera militar de álamos, aparecen, veinte minutos más tarde, las casas de la hacienda. Primero una reja, luego un pequeño parque, al final un corredor sostenido por pilastras de luma, asentadas sobre las bases de piedra. Allí está don Adolfo con su sonrisa bonachona y su manta de colores violentos. Es relativamente joven —cuarenta y cinco años—, a pesar de lo cual los inquilinos lo miran como a un padre. Sentado en su silla de mimbre, no se ha percatado de que sus inquilinos se aproximan. Al tornar la cabeza, distraído, encuentra a los once hombres que se han detenido frente a la reja. Sin levantarse y elevando su voz paternal y suave, dice a los que aguardan:
—¡Adelante, niños! ¿Qué se les ofrece?
Encogidos, con ese instintivo respeto al amo que distingue al verdadero campesino, se adelantan por la senda del parque. Ante el corredor, vuelven a detenerse torturando con sus manos ásperas el borde de las chupallas.
En voz baja, uno dice:
—Habla vos, Celedonio.
Pero no se deciden. Miran el mimbre de la silla la montura del caballero, desbordante de pellones que está en un rincón: los dibujos multicolores de los mosaicos...
—¿Qué hay, Celedonio? ¿Te comieron la lengua los traros?
Celedonio se ríe, escupe sobre un prado de violetas, y comienza:
—Usté sabe, patrón, que cayó la cuncunilla en la siembra...
—Sí, ayer me dijeron. Es una fregatina, pero no se conocen remedios para matarla.
—Es que nosotros habíamos pensao... No sé si usté crea en estas cosas... Habíamos pensao que un cura puee venir a echarle un conjuro a los busanitos esos. Algunas veces ha resultao. Y, al fin, na se pierde con hacele un empeño. Pior es dejar las cosas como'stán. ¿No le parece?
Una sonrisa quiere aflorar al rostro de don Adolfo; pero ésta la borra con rapidez, y dice a los solicitantes, con perfecta seriedad:
—Bueno, yo no tengo inconveniente ninguno. Esta tarde voy a la ciudad, y si quieren puedo traer un frailecito.
—Muchas gracias, patrón.
—Dios se lo pague, patrón.
Pero Celedonio no ha concluido su petición, y añade tras rascarse la cabeza y arrojar un nuevo escupitajo sobre las violetas:
—¡Ah!, otra cosa, señor. El curita tiene que ser sanfranciscano, porque son los únicos que tienen poer contra la cuncunilla. A los otros no les entienden esos busanitos. Así me dijo mi taita por lo menos, cuando yo era mocoso, disculpando el moo de hablar.
—Bien—remata don Adolfo—, váyanse tranquilos, a la noche tendrán aquí al frailecito.
—Entonces, hasta mañana, patrón.
—Y muchísimas gracias.
—Hasta mañana, niños.
**
Desde muy temprano, al siguiente día, los inquilinos comienzan sus preparativos. Desbordados los ojos de una fe rabiosa, anhelantes las bocas oscuras, salen de sus ranchos al encuentro de Celedonio, que los aguarda en el camino.
—A las ocho v'a ser la cosa.
—¿Serán como las seis ya?
Celedonio escruta la cordillera, en cuya cima va lentamente agrandándose un incendio de colores maravillosos.
—Farta toavía —responde.
Cantan las diucas y sus goterones de música desafinada caen sobre las aguas trémulas de la mañana. A la distancia mugen las vacas y se escucha el —¡ah, guacha loba, guacha loba!— con que los peones las obligan a tomar el camino de la lechería. Un jilguero endulza el viento con su chorro liviano de melodía: canta, canta, como una mazorca infinita de trinos.
De pronto, Celedonio deja escapar una exclamación:
—¡Ah, chupalla! ¡Se los había olvidao una cosa!
—¿Qué cosa? —inquieren sus compañeros.
—Los puentes pa que pase el conjuro a toas las siembras. Vayan a buscar tablones y palos. En toas las cequias y canales hay que poner uno. La'e no, lagua se lleva las palabras del curita.
Corren todos, presurosos; se desparraman por los potreros y, al cabo de una hora, no hay canal ni acequia regadora que no tenga su flamante puente de tablas, ramas o palos.
Los minutos se hacen largos, lentos, interminables. Hay en todos los ranchos una enorme expectación. Las mujeres de los inquilinos, desgreñadas, con los morenos brazos al viento, aparecen de vez en vez en las puertas con el cuchillo de picar papas en las manos. Los chiquillos escrutan ansiosos la carretera hacia el lado del norte. Y, de improviso, son voces infantiles las que dan la noticia:
—¡Ya viene el curita!
—¡Con el patrón y el patrón chico!
—¡Allá en la güelta vienen!
En efecto, el coche del patrón conduce al esperado personaje. Es un fraile de ojos escrutadores manos pálidas y boca delgada.
—¡Es sanfranciscano!
El cura saluda a los chiquillos, que se descubren reverentes. Pasa dejando una nube de polvo en pos y tras ella corren los rapaces. Al llegar a donde está Celedonio, el tumulto es ya considerable.
—Buenos días, hijos.
—Buenos días, niños.
—¡Güenos días, pairecito; güenos días, patrón!
Las chupallas aletean en el aire y no vuelven a cubrir las cabezas.
Revestido de toda su majestad, el sacerdote desciende del vehículo y mira los campos, buscando una ubicación conveniente para dar comienzo a la ceremonia. Los rapaces se han detenido a respetuosa distancia y cuchichean entre sí. Algunas mujeres acuden también, con el alma llena de repentina fe.
—Empezaremos por aquí —dice el fraile.
Saca del coche un hisopo y un tiesto con agua bendita. No se oye volar una mosca en torno. Los latinajos empiezan a salir con runruneo de colmena de la boca frailuna. Cada palabra es como una siembra de anhelos sobre las almas humildes. Algunos inquilinos tienen la cabeza baja; otros miran obstinadamente los sembrados en espera de un milagro nunca visto. Las mujeres se han arrodillado y revuelven en su boca todas las oraciones que conocen.
Uno de los labriegos, los ojos encendidos, dice al oído de Celedonio:
—Agora es cuando le v'a llegar al perno a la cuncunilla.
Y otro añade:
—¡Friéguense por tragonas! ¡Muéranse, reviéntense, animales del diablo!
Celedcnio, rápido, le advierte:
—No mente al Malo agora, mi amigo
El cura alza en ese momento el hisopo mojado y salpica en cruz el aire. Las mujeres se golpean el pecho, compungidas e insignificantes.
El mismo ceremonial se repite por los cuatro costados de la hacienda. Después, el cura sube de nuevo a su coche, y las pupilas campesinas, claras de gratitud, lo miran alejarse hacia las casas. En seguida, reunidos, desatan la lengua:
—¿Oyiste vos lo que icía?
—Algo le alcancé a pescar. En una parte por ey parece que las amenazaba con el infierno.
—Y yo me fijé que las hojas llegaban a remecerse cuando el pairecito les plantó la rociá.
Luego miran los campos sembrados, temerosos de averiguar lo que entre las hojas ocurre.
El sol, desde lo alto, desparrama agua luciente sobre los potreros, las bestias y los hombres con su hisopo de llamas.
**
Todavía la rama del cielo florecía desveladas estrellas cuando Celedonio Parra y Zoila, su mujer, abandonaron el lecho. Desde el hueco tenebroso de la puerta echaron una larga mirada a los sembrados, que parecían dormitar en el frío celeste del alba. Ese frío también adentraba finos puñales de inquietud en el corazón de hombre y mujer. No se miraban ni decían nada, pero sentíanse más unidos que nunca por la común angustia. Dos días habían pasado desde que el sacerdote viniera con su agua bendita y sus latines a encenderles la esperanza. La cuncunilla proseguía, no obstante, su labor devastadora, y cada labriego sentía el trabajo silencioso de los pequeños enemigos en el fondo vivo de sus entrañas. Junto con roer las hojas, los bichitos iban también horadando y reduciendo a polvo todos los proyectos hechos sobre el producto de las siembras...
Los campesinos andaban por ahí como almas en pena, mirando los brotes lacios, la nervadura desnuda de las hojas y el incesante bullir de las condenadas cuncunillas. En los atardeceres asomaban, por las puertas de las viviendas hembras cansadas de rezar o maldecir; chiquillos hambrientos que no comprendían bien la tragedia, pero que la sentían gravitar sobre sus cabezas; perros famélicos que iban pregonando el hambre en el acordeón de sus costillas. La protesta contra el destino no afloraba ya en las palabras, sino que relucía en los ojos y en los gestos desolados de todos.
Celedonio seguía con miedo el proceso del nuevo día que llegaba. Ese día, al abrir las compuertas de la luz, revelaría su sentencia definitiva. El varón y la hembra hubiesen querido que no terminara nunca de aclarar, para conservar siquiera el consuelo desolado de su incertidumbre. Pero los perfiles de la cordillera se precisaban más y más. La puntilla de la nube recibió un flechazo de luz; después otra y otra. Todas las cosas fueron dibujando sus contornos. Los gallos cantaban gloriosaniente. Afinaban las aguas su delgada y desnuda voz. Y los árboles maduraban trinos y gorjeos enloquecidos.
Sin una palabra, inmóviles los rostros ansiosos lentos los pasos, Celedonio y Zoila se llegaron hasta las primeras matas del porotal. ¡Dios mío! ¿Era posible? ¡No podían creerles a sus ojos y hubieron de palpar los cuerpos secos de las cuncunillas que colgaban de unas hilachas sedosas! Enfebrecidos de regocijo, siguieron explorando. Y en todo era lo mismo. ¡El enemigo se moría, se moría sin remedio! La mujer apenas podía mirar por entre las lágrimas: lágrimas calientes de gratitud, de consuelo, de... ¡qué sabía ella qué! Y al hombre le temblaban las manos y el corazón le batía tambores en el pecho. Pero no se paraban. Iban por cada hilera, presurosos, sin objeto, sonámbulos. Las guías les acariciaban el rostro como manos amigas. Y así llegaron hasta el final del sembrado. Allí, de espalda a la cordillera, se pararon. La mujer cayó de rodillas, tal si la tierra la hubiese llamado. El varón irguióse más sobre las columnas de sus pies, para ver los campos hasta el final.
Ambos componían el oscuro relieve de una medalla sobre el disco del sol, que levantaba sobre los Andes su ígnea custodia.
Cantaban todavía los pájaros.



El colocolo
Manuel Rojas

Negra y fría era la noche en torno y encima del rancho de José Maria Pincheira, uno de los últimos del fundo Los Perales. Eran ya más de las nueve y hacía rato que el silencio, montado en su macho negro, dominaba los caminos que dormían vigilados por los esbeltos álamos y los copudos boldos. Los queltehues gritaban, de rato en rato, anunciando lluvia, y algún guairao perdido dejaba caer, mientras volaba, su graznido estridente.
Dentro del rancho la claridad era muy poco mayor que afuera y la única luz que allí brillaba era la de una vela que se consumía en una palmatoria de cobre. En el Centro del rancho había un brasero y alrededor de él dos hombres emponchados. Sobre las encendidas brasas se veía una olla llena de vino caliente, en el cual uno de los emponchados, José Manuel, dejaba caer pequeños trozos de canela y cáscaras de naranjas.
-Esto se está poniendo como caldo -murmuró José Manuel.
-Y tan oloroso... Déjame probarlo -dijo su acompañante.
-No, todavía le falta, Antuco.
-¡Psch! Hace rato que me está diciendo lo mismo. Por el olorcito, parece que ya está bueno.
-No. Acuérdese que tenemos que esperar al compadre Vicente y que si nos ponemos a probarlo, cuando él llegue no habrá ni gota.
-¡Pero tantísimo que se demora!
-Pero si no fue allí no más, pues, señor. Tenía que llegar hasta los potreros del Algarrobillo, y arreando. Por el camino, de vuelta, lo habrán detenido los amigos para echar un traguito.
-Sí, un traguito... Mientras el caballero le estará atracando tupido al mosto, nosotros estamos aquí escupiendo cortito con el olor.
-Déjame probarlo, José Manuel.
-Bueno, ya está, condenado; me la ganaste. Toma.
Metió José Manuel un jarrito de lata en la olla y lo sacó chorreando de oloroso y humeante vino, que pasó a su amigo, el cual, atusándose los bigotes, se dispuso a beberlo. En ese instante se sintió en el camino el galope de un caballo; después, una voz fuerte dijo:
-¡Compadre José Manuel!
-¡Listo! -gritó Pincheira, levantándose, y en seguida a su compañero-: ¿No te dije, porfiado, que llegaría pronto?
-Que llegue o no, yo no pierdo la bocarada.
Y se bebió apresuradamente el vino, quemándose casi.
Frente a la puerta del rancho, el campero Vicente Montero había detenido su caballo.
-Baje pues, compadre.
-A bajarme voy...
Desmontó. Era un hombre alto, macizo, con las piernas arqueadas, vestido a usanza campesina.
-Entre, compadre; lo estoy esperando con un traguito de vino caliente.
-¡Ah, eso es muy bueno para matar el bichito! Aunque ya vengo medio caramboleado. En casa del chico Aurelio, casi me atoraron con vino.
Avanzó a largos y separados pasos, haciendo sonar sus grandes espuelas, golpeándose las polainas con la gruesa penca. A la escasa luz de la vela se vio un instante el rostro de Vicente Montero, obscuro, fuerte, de cuadrada barba negra. Después se hundió en la sombra, mientras los largos brazos buscaban un asiento.
-Está haciendo frío.
-Debe estar lloviendo en la costa.
-Bueno, vamos a ver el vinito.
-Sirve, Antuco.
Llenó Antonio el jarrito y se lo ofreció a Vicente. Éste lo tomó, aspiró el vaho caliente que despedía el vino, hizo una mueca de fruición con la nariz y empezó a bebérselo a sorbitos, dejando escapar gruñidos de satisfacción.
-Esto está bueno, muy bueno. Apuesto que fue Antuco el que lo hizo. Es buenazo para preparar mixturas. Creo que se ha pasado la vida en eso.
-No -protestó Pincheira-. lo hice yo, y si no fuera porque lo cuidé tanto, Antuco lo habría acabado probándolo.
Rió estruendosamente Vicente Montero. Devolvió el jarrito y Antonio lo llenó de nuevo, sirviéndole esta vez a José Manuel.
-Bueno, cuenta. ¿cómo te fue por allá?
-Bien; dejé los animales en el potrero y después me entretuve hablando con las amistades.
-¿Cómo está la gente?
-Todos alentados... ¡Ah, no! Ahora que me acuerdo, hay un enfermo.
-¿Quién?
-Taita Gil. Pobre viejo, se va como un ovillo.
-¿Y qué tiene?
-¡Quién sabe! Allá dicen que es el colocolo el que lo está matando, pero para mí que es pensión. ¡Le han pasado tantas al pobre viejo, y tan seguidas!
-Bien puede ser el colocolo.
-¡Qué va a ser, señor! Oye, Antuco, pásame otro traguito...
Volvió a circular el jarro lleno de vino caliente.
-¿Tú no crees en el colocolo?
-No, señor, cómo voy a creer. Yo no creo más que en lo que se ve. Ver para creer, dijo Santo Tomás. ¿Quién ha visto al colocolo? Nadie. Entonces no existe.
-Psch! ¿Así que tú no crees en Dios?
-Este... No sé, pero en el colocolo no creo. ¿Quién lo ha visto?
-Yo lo he visto -afirmó José Manuel.
-Sí, con los ojos del alma... ¡Son puras fantasías, señor! Las ánimas, los chonchones, el colocolo, la calchona, las candelillas... Ahí tienes tú: yo creo en las candelillas porque las he visto.
-¡No estés payaseando! -exclamó asustado Antonio.
-Claro que las vi.
-A ver, cuenta.
-Se lo voy a contar... Oye, Antuco, pásame otro trago.
-¡Así tan seguido se pierde el tañido!
-¿No lo hicieron para tomar? Tomémoslo, entonces.
José Manuel y Antonio se echaron a reír.
-¡Este diablo tiene más conchas que un galápago!
-Bueno, cuenta...
-Espérense que mate este viejo.
Se bebió el último sorbo que quedaba en el jarro, lanzó un sonoro ¡ah! y dijo:
-Cuando yo era muchachón, tendría unos diecinueve años, fui un día a la ciudad a ver a mi tío Francisco, que tenía un negocio cerca de la plaza. Allá se me hizo tarde y me dejaron a comer. Después de comida, cuando me vieron preparándome para volver a casa, empezaron a decirme que no me viniera, que el camino era muy solo y peligroso y la noche estaba muy obscura. Yo, firme y firme en venirme, hasta que para asustarme me dijeron:
-No te vayas, Vicente; mira que en el potrero grande están saliendo candelillas...
-¿Están saliendo candelillas? Mejor me voy; tengo ganas de ver esos pajaritos.
Total, me vine. Traía mi buen cuchillo y andaba montado. ¿Qué más quiere un hombre? Venía un poco mareado, porque había comido y tomado mucho, pero con el fresco de la noche se me fue pasando. Eché una galopada hasta la salida del pueblo y desde ahí puse mi caballo al trote. Cuando llegué al potrero grande, tomé el camino al lado de la vía, al paso. Atravesé el río. No aparecían las candelillas. Entonces, creyendo que todas eran puras mentiras, animé el paso del caballo y empecé a pensar en otras cosas que me tenían preocupado. Iba así, distraído, al trote largo, cuando en esto se para en seco el caballo y casi me saca librecito por las orejas. Miré para adelante, para ver si en el camino había algún bulto, pero no vi nada. Entonces le pegué al caballo un chinchorrazo con la penca en el cogote, gritando:
-¿Qué te pasa, manco del diablo?
Y le aflojé las riendas. El caballo no se movió. Le pegué otro pencazo. Igual cosa. Entonces miré para los costados, y vi, como a unos cien pasos de distancia, dos luces que se apagaban y encendían, corriendo para todos lados. Allí no había ningún rancho, ninguna casa, nada de donde pudiera venir la luz. Entonces dije: “Estas son las candelillas”.
-¿Las candelillas? -preguntó Antonio.
-Las candelillas... Pásame otro trago, por preguntón... Como el caballo era un poco arisco, no quise apurarlo más. Me quedé allí parado, tanteándome la cintura para ver si el cuchillo saldría cuando lo necesitara, y mirando aquellas luces que se encendían y se apagaban y corrían de un lado para otro, como queriendo marearme. No se veía sombra ni bulto alguno... De repente las luces dejaron de brillar un largo rato y cuando yo creí que se habían apagado del todo, aparecieron otra vez, más cerca de lo que estaban antes. El caballo quiso recular y dar vuelta para arrancar, pero lo atrinqué bien. Otro rato estuvieron las luces encendiéndose y apagándose y corriendo de allá para acá. Se apagaron otra vez sin encenderse un buen momento, y aparecieron después más cerca. Así pasó como un cuarto de hora, hasta que acostumbrándome a mirar en la obscuridad, empecé a ver un bulto negro, como una sombra larga, que corría debajo de las luces... “Aquí está la payasada”, me dije.
Y haciéndome el leso, principié a desamarrar uno de los pesados estribos de madera que llevaba; lo desaté y me afirmé bien la correa en la mano derecha. Con la otra mano agarré el cuchillo, uno de cacha negra que cortaba un pelo en el aire, y esperé.
Poco a poco fueron acercándose las luces, siempre corriendo de un lado para otro, apagándose y encendiéndose. Cuando estuvieron como a unos cuarenta pasos, ya se veía bien el bulto; parecía el de una persona metida dentro de una sotana. Lo dejé acercarse un poquito más y de repente le aflojé las riendas al caballo, le clavé firmes las espuelas y me fui sobre el bulto, haciendo girar el estribo en el aire y gritando como cuando a uno se le arranca un toro bravo del pillo: ¡Allá va, allá va valla valla vallaaaaa!
El bulto quiso arrancar, pero yo iba como celaje. A quince pasos de distancia revoleé con fuerzas el estribo y lo largué sobre el bulto. Se sintió un grito y la sombra cayó al suelo. Desmonté de un salto y me fui sobre el que había caído, lo levanté con una mano y zamarreándolo, mientras lo amenazaba con el cuchillo, le grité:
-¿Quién eres tú? ¡Habla!
No me contestó, pero se quejó. Lo volví a zamarrear y a gritar, y entonces sentí que una voz de mujer, ¡de mujer, compadre! me decía:
-No me hagas nada, Vicente Montero...
-¿Era una mujer?
-¡Una mujer, compadrito de mi alma! Y yo, bruto, le había dado un estribazo como para matar un burro. Pásame otro trago, Antuco. Al principio no me di cuenta de quién era, pero después, al oírla hablar más, vine a caer: era una mujer conocida de la casa, que tenía tres hijos y a quien se le había muerto el marido tres meses atrás. Le pregunté qué diablos andaba haciendo con esas luces, y entonces me contó que lo hacía para ganarse la vida. porque como la gente era tan pobre por allí, no tenía a quién trabajarle y no quería irse para la ciudad y dejar abandonados a sus niños. En vista de todo esto, había resuelto ocuparse en eso.
-¡La media ocupación que había encontrado!
-Se untaba las manos con un menjunje de fósforos y azufre que se las ponía luminosas y salía en el potrero a asustar a los que pasaban, abriendo y cerrando las manos y corriendo para todos lados. Algunos se desmayaban de miedo; entonces ella les sacaba la plata que llevaban y se iba... Total, después que se animó y se sacó la sotana en que andaba envuelta, la subí al anca y la traje para el pueblo... Y desde entonces, hermano Juan de Dios, cuando me hablan de ánimas y de aparecidos, me río y digo: ¡Vengan candelillas, ánimas y fantasmas, teniendo yo mi estribo en la mano! Sírveme otro traguito. Antuco...
-¡Pero, hombre, te lo has tomado casi todo vos solo!
-¿Pero no lo habían hecho para mí?
-Ahí tienes tú, Vicente; yo no creo mucho en ánimas, pero en el colocolo, sí. Mi padre murió de eso.
-Sería alguna enfermedad -dijo Vicente, desperezándose-. Me está dando sueño con tanto vino y tantos fantasmas. ¡Ah! -bostezó.
-Y te voy a contar cómo fue, sin quitarle ni ponerle nadita.
-Cuenta, cuenta.
-Hasta los cuarenta y cinco años, mi padre fue un hombre robusto, bien plantado, macizote. Cuando esto pasó, yo tendría unos diecinueve años. Vivíamos en Talca, cerca de la estación. Un día, por éstas y por las otras, mi padre decidió que nos cambiáramos a otra casa, a una que estaba al lado del presidio. La casa era de adobe, grande, aunque muy vieja; pero nos convenía el cambio, porque andábamos un poco atrasados. Cuando nos estábamos cambiando, vino una viejita que vivía cerca y le dijo a mi padre:
-Mira, José María, no te vengas a esta casa. Desde que murió aquí el zambo Huerta. nadie ha podido vivir en ella sin tener alguna desgracia en la familia. La casa está apestada; tiene colocolo.
Mi padre se rió con tamaña boca. ¡Colocolo! Eso estaba bueno para las viejas y para asustar a los chiquillos, pero a los hombrecitos como él no se les contaban esas mentiras.
-No tenga cuidado, abuela; en cuanto el colocolo asome el hocico, lo hago ñaco de un pisotón.
Se fue la veterana, moviendo la cabeza, y nosotros terminamos la mudanza. La casa era muy sucia, había remillones de pulgas y las murallas estaban llenas de cuevas de ratones... En el primer tiempo no sucedió nada, pero, a poco andar, mi padre empezó a toser y a ponerse pálido; se fue enflaqueciendo y en la mañana despertaba acalorado. De noche tosía tan fuerte que nos despertaba a todos. Le dolía la espalda y sentía vahídos.
-¿Qué diablos me está dando? -decía.
Mi madre le preparó algunos remedios caseros y le daba friegas. No mejoraba nada.
-¿Por qué no ves un médico, José María? -le decía mi madre.
-No, mujer, si esto no es nada. Debe ser el garrotazo el que me ha dado... Pasará pronto.
Pero no pasaba; al contrario, empeoraba cada día más. Después le vino fiebre y un día echó sangre por la boca. Se quejaba de dolores en la espalda y en los brazos. No pudo ir a trabajar. Una noche se acostó con fiebre. Como a las doce, mi madre, que dormía cerca de él, lo sintió sentarse en la cama y gritar:
-¡El colocolo! ¡El colocolo!
-¿Qué te pasa, José María? -le preguntó mi madre llorando.
-¡El colocolo! ¡Me estaba chupando la saliva!
Nos levantamos todos. Mi padre ardía en fiebre y gritaba que había sentido al colocolo encima de su cara, chupándole la saliva. Esa noche nos amanecimos con él. Al otro día llamamos un médico, lo examinó y dijo que había que darle éstos y otros remedios. Los compramos, pero mi padre no los quiso tomar, diciendo que él no tenía ninguna enfermedad y que lo que lo estaba matando era el colocolo. Y el colocolo y el colocolo y de ahí no lo sacaba nadie.
-¡Y dale con el colocolo! -murmuró Vicente Montero.
-Se le hundieron los ojos y las orejas se le pusieron como si fueran de cera. Tosía hasta quedar sin alientos y respiraba seguidito.
-No me dejen solo -decía-. En cuanto ustedes se van y me empiezo a quedar dormido, viene el colocolo. Es como un ratón con plumas, con el hocico bien puntiagudo. Se me pone encima de la boca y me chupa la saliva. No le he podido agarrar, porque en cuanto quiero despertar se deja caer al suelo y lo veo cuando va arrancando. ¡No me dejen solo, por Diosito!
En la casa estábamos con el alma en un hilo, andábamos despacito como fantasmas y no sabíamos qué diablos hacer. ¡No es broma ver que a un hombre tan fuerte como un roble se lo lleva la Pelada sin decir ni ¡ay!
Y así, hasta que mi padre pidió que llamáramos a la viejecita que le había aconsejado que no nos fuéramos a esa casa. Fuimos a buscar a la señora, vino, y cuando vio el estado en que se encontraba mi padre, le dijo:
-¿No te dije, José María Pincheira, que no te vinieras a esta casa, que había colocolo?
-Sí, abuelita, tenía razón usted... Pero ¿qué se puede hacer ahora?
-Ahora, lo único que se puede hacer es aguaitar al colocolo en qué cueva vive; a veces se sabe por el ruido que hace; se queja y llora como una guagua1 recién nacida. Cuando no grita, para encontrarlo hay que espolvorear el suelo con harta harina, echándola de modo que no quede ninguna huella encima. Al otro día se busca en la harina el rastro del colocolo y una vez que se ha dado con la cueva, se la llena de parafina mezclada con agua bendita... Con esto no vuelve nunca más.
¿Es un ratón el colocolo? -preguntó mí madre.
-No, mi señora, parece un ratón y no lo es; parece un pájaro y no es pájaro; llora como una guagua y no es guagua; tiene plumas y no es ave.
-¿Qué es, entonces?
-Es... el colocolo. Nace del huevo huero de una gallina. Cuando se deja abandonado un huevo así, sin hacerlo tiras, viene una culebra, se lo lleva y lo empolla; cuando nace, le da de mamar y le enseña a chupar la saliva de las personas que duermen con la boca abierta.
Se fue la señora, dejándonos más asustados de lo que estábamos antes. Esa noche llenamos de harina todo el piso de la pieza, desparramándola de adentro para afuera, de modo que no quedara rastro alguno. Mi hermano Andrés y yo nos tendimos en la puerta, de guardia, armados de piedras y palos, listos para entrar cuando mi padre llamara. Conversando y fumando, nos quedamos dormidos. A medianoche nos despertó el grito de mi padre:
-¡El colocolo! ¡El colocolo!
Entramos y no hallamos al dichoso bicho. Buscamos las huellas, pero había tantas, que nos salió lo mismo que si no hubiera ninguna. En todas las bocas de las cuevas había huellas de entradas y salidas de ratones. ¿Cómo íbamos a saber cuáles eran las del colocolo?
Al otro día se repitió la pantomima. Mi padre estaba muy mal, tosía y tenía una fiebre de caballo. Más o menos a la misma hora de la noche anterior, sentimos que se quejaba como una persona que no puede respirar. Escuchamos y oímos como un gemido de niño chico. De repente mi padre se sentó en la cama y dio un grito terrible. Entramos corriendo y vimos al colocolo; iba subiendo por la muralla hacia el techo.
-¡Allá va, Andrés, mátalo!
Mi hermano, que estaba del lado en que el animal iba subiendo, le dio un peñascazo con tanta puntería, que le pegó medio a medio del espinazo. Se sintió un grito agudo, como de mujer, y el colocolo cayó en un rincón. Si lo hubiéramos buscado en seguida, tal vez lo habríamos encontrado, pero con el miedo que teníamos y con lo que nos demoramos en tomar la luz, el colocolo desapareció, dejando rastros de sangre a la entrada de una cueva.
En la mañana murió mi padre. Vino el médico y dijo que había muerto de la calientita, que la casa estaba infectada y que nos debíamos cambiar de ahí.
Después que enterramos al viejo, hicimos una excavación en la cueva en que se había metido el colocolo, pero no encontramos nada. La cueva se comunicaba con otra.
Nos fuimos de la casa y un mes después, en la noche, volvimos mi hermano Andrés y yo y le prendimos fuego. Y dicen que cuando la casa estaba ardiendo, en medio de las llamas se sentía el llanto de un niñito...
Terminó su narración José Manuel Pincheira y en el instante de silencio que siguió a su última palabra se oyó un suave ronquido. Vicente Montero se había dormido.
-Se durmió el compadre.
-Debe estar cansado... y borracho.
-¡Eh! -le gritó José Manuel, dándole un golpe con la mano.
Dormido como estaba y medio borracho, el empujón hizo perder el equilibrio a Vicente Montero, que osciló como un barril, inclinándose hacia atrás. Alcanzó a enderezarse y saltó a un lado gritando:
-¡Epa, compadre!
-¿Qué le pasa, señor? -le preguntó irónicamente Antonio.
-¡Por la madre! Estaba soñando que un colocolo más grande que un ternero me estaba chupando la saliva como quien toma cerveza cuando tiene sed.
Se rieron José Manuel y Antonio. Vicente, desperezándose, dijo:
-Ya debe ser muy tarde.
Buscó en todos sus bolsillos, diciendo:
-¿Dónde está mi reloj?
-¿Tienes reloj, Vicente? Andas muy en la buena.
-Si, tengo un reloj que le compré al mayordomo. Aquí está.
Y sacó un descomunal reloj Waltham.
-¡Ja, ja! Ese no es un reloj, pues, señor... Eso es una piedra de moler. ¡Una callana!
-Sí, ríanse, no más... Este es un reloj macuco. Anda mejor que el de la iglesia. Cuando el de la iglesia da las doce, el mío hace ratito que las ha dado Me sirve muchísimo. Estuve como un año juntando plata para comprarlo. No lo dejo ni de día ni de noche. Cuando me acuesto lo cuelgo en la cabecera y le digo: Mañana a las seis, ¿no? Y a las seis en punto despierto. No lo cambio ni por un caballo con aperos de plata... Ya son las once y media. Me voy.
Se despidieron los amigos y después de dos tentativas para montar, Vicente Montero montó y se fue. Dejó que su caballo marchara al trote, abandonándose a su suave vaivén. Tenía sueño, modorra; el alcohol ingerido se desparramaba lentamente por sus venas, produciéndole una impresión de dulce cansancio. Inclinó la cabeza sobre el pecho y empezó a dormitar, aflojando las riendas al caballo, que aumentó su carrera. Insensiblemente se fue durmiendo, deslizándose por una pendiente suavísima. De pronto apareció ante sus ojos, en sueños, un enorme ratón con ojos colorados y ardientes que empezó a correr delante del caballo. Corría, corría, dándose vuelta de trecho en trecho para mirarlo con sus ojos ardientes. Después se paró ante el caballo y dando un salto se colocó sobre la cabeza del animal, desde donde empezó a mirarlo fijamente. Era un ratón horrible, con pequeñas plumas en vez de pelos, la cabeza pelada y llena de sarna y el hocico puntiagudo, en medio del cual se movía una lengua roja y fina como la de una culebra. Mucho rato estuvo allí, mirándolo sin cerrar los ojos, hasta que dando un chillido saltó y quedó colgando de la barba de Vicente Montero.
¡Eh! -gritó éste angustiosamente, tirando con todas sus fuerzas de las riendas.
Detenido bruscamente en su carrera, el caballo dio un fuerte bote hacia el costado y Vicente Montero, después de dar una vuelta en el aire, cayó de cabeza al suelo. La violencia del golpe y el estado de semiembriaguez en que se encontraba, hicieron que se desvaneciera. Rezongó unas palabras y allí quedó, medio desmayado y medio dormido.
Así estuvo largo rato... Después despertó, sintió un escalofrío, se restregó los ojos y miró a su alrededor, atontado. Vio a su caballo, unos pasos más adelante, mordisqueando unas hierbas.
-¿Qué diablos me habrá pasado?
El aire y el sueño le habían avivado la borrachera. Se puso de rodillas, tiritando, procurando explicarse la causa de su estada en ese sitio y en esa postura. Recordó algo, muy vagamente: el colocolo, un hombre que se había muerto porque se le había acabado la saliva, una vieja que echaba harina en el suelo, y un ratón con ojos colorados, sin saber si todo eso lo había soñado o le había sucedido.
Se afirmó en una mano para levantarse, y al ir a hacerlo, miró hacia el suelo. Allí vio algo que lo dejó inmóvil. A un metro de distancia, entre el pasto alto, un ojo claro y brillante lo miraba fijamente.
-Esta sí que es grande -murmuró, volviendo a caer de rodillas y mirando asustado aquel ojo amenazante. Recordó entonces el horrible ratón de ojos ardientes que había visto o soñó ver. Hizo: ¡Chis! queriendo espantar a aquel ojo fijo, pero éste continuó mirándolo. Si hubiera tenido la estribera. De pronto se estremeció de alegría: recordó que en el sueño, o en lo que fuera, alguien había muerto un colocolo de un peñascazo.
-Espérate, no más... ¡colocolo conmigo!
Tanteó en el suelo, buscando una piedra; encontró una de tamaño suficiente como para aplastar media docena de colocolos, y calculando bien la distancia la lanzó hacia aquel ojo luminoso y fijo, gritando:
-¡Toma! Se sintió un leve chirrido y él saltó hacia adelante, estirando la mano hacia el supuesto colocolo. Cogió algo frío y lleno de pequeñas puntas afiladas. Sintió un escalofrío de terror y lanzó violentamente hacia arriba lo que había tomado; en el momento de hacerlo, sin embargo; recordó algo que le era familiar al tacto en la forma y en la frialdad. Estiró la mano y recogió el objeto que descendía. Lo acercó a sus ojos y vio algo que le hizo darse un golpe de puño en el muslo, al mismo tiempo que gritaba con rabia:
-¡Por la misma remadre! ¡Mi reloj Waltham!
FIN


Santo remedio
Eduardo Barrios

Se me ocurre que mientras dormimos también el espíritu suele quedar en una mala postura, y que por ello, algunas mañanas, aun cuando el cuerpo esté ágil y normal, amanecemos con el espíritu trabado de incomodidad. Nos movemos todo el tiempo entre los seres y las tosas con el tino zurdo, predispuestos a toda clase de fracasos. Y aun se diría que atraemos malas situaciones o conducimos nuestros pasos cabalmente allá donde hallaremos sucesos desagradables.

Convencido de esto por la experiencia, no debí yo ir aquel día a la oficina... Tamarugal. La llamaré así, Tamarugal, porque aún vive alguien que se lastimaría si no alejase yo toda referencia valedera para identificarlo con algún personaje de este recuerdo.

A la oficina Tamarugal fui, pues, a parar, obediente al mandato de la misteriosa zurdería.

Por lo demás, se me había hecho un hábito el salir a cambiar ambiente, apenas concluían las tareas del fin de mes. El 30, los empleados nos amanecíamos en el escritorio, liquidando sus libretas a los trabajadores y saldando el libro de jornales; de suerte que el 1°, sin esperas o interrupciones, y a las horas de rigor, se dieran saldos y fichas y el mecanismo burocrático rodara como si no hubiese habido balance mensual ni labor alguna extraordinaria.

Luego, cumplido el afán cotidiano como siempre, un baño y un desayuno reparaban fatigas, y disponíamos de la tarde para el descanso.

Yo prefería, repito, mudar de aires. Y tras de mucho pensar adonde iría, terminaba por dirigirme a la Tamarugal, porque la vía férrea la comunicaba con mi oficina, y, así, no era preciso cabalgar. Un pequeño tranvía tirado por caballos y dirigido por el sereno me conducía muellemente.

Y sólo había, para mi preferencia, esta razón de molicie sobre cansancio.

No era que la tertulia de la Tamarugal me atrajese. Más bien me aburría. No había caracteres allí que me acomodasen. Aunque..., ¿acaso los había en otra parte?

Soy —y lo fui desde niño— uno de los seres que, dondequiera se sitúen, siempre se sienten en “la tierra de nadie”. Los unos aquí, allá los otros; antagonismos o concordancias; bandos, banderas y banderías... Yo, en medio ajeno, ecuánime por comprender demasiado, irremediablemente solo en “la tierra de nadie”.

Sin embargo, no se puede vivir fuera del mundo. Hay que ir adonde la complicidad de lo exterior con nuestras voliciones determina.

Y fui a la Tamarugal aquella vez, como tantas. Al poner pie en la plazoleta de la administración, advertí ya que algo inusitado sucedía. Desde luego, el aire parecía detenido. No lo estremecía el menor ruido. Ni las chancadoras marcaban su compás de sordas mandíbulas. Ni los winches chirriaban elevando vagonetas sobre los planos inclinados. Tampoco acezaba la locomotora, ni carreta alguna derrumbaba el estrépito de su caliche buzones adentro. Había cesado todo tráfago y sólo allá, bajo nivel de suelo, ante la aglomeración parda de la maquinaria que veinte años de polvo cubrían y frente a la primera chancadora, una multitud se apretujaba en silencio. Apenas medio cuerpo arriba del bajo sobresalía, y un estandarte con crespones asomaba entre las cabezas.

Pronto supe a qué atenerme. Era el funeral de un “chanchero” muerto por descuido entre las muelas de su “chancho”.

Experimenté una violenta angustia, seguida de cólera. Otra vez, aún, la chancadora, el “chancho”, como la apodaban los obreros por su movimiento de masticación para moler el mineral, hacía una víctima.

Solo, pues que nadie pudo haber para mi recibimiento, me dirigí al grupo.

Cuando llegué, acabada de enrojecer un discurso en sus estandartes el delegado de la Mancomunal Obrera. La Providencia me había hecho gracia de oírlo. En cambio, lamenté no haber escuchado las veinte palabras, de seguro tan precisas como sorprendentes, de “el Hombre”, como llamaban al administrador, don Jesús Morales.

Jesús Nazareno fue “el Hijo del Hombre”; éste era el Hombre mismo, en crudo y desnudo, sin la más remota luz de divinidad, sino terreno, despierto, simple y cabal. Solía opinarse que, por su franqueza rayana en el cinismo, encarnaba el perfecto bruto; pero contradecían la afirmación quienes, concordes con el anónimo autor del apodo, preferían lidiar con él la vida entera antes que con tanto miserable recamado de urbanidad. A mí, unas veces me incomodaba por su dureza, tan falta de savia sentimental; otras, me sorprendía divertidamente, y, en tal cual momento, hasta me había soplado al oído interior la pregunta de si debería ser en realidad así el hombre en total salud y perfecto equilibrio.

Me acerqué a él y tomé lugar en la fila administrativa.

Nos abríamos todos en abanico frente a una vagoneta colmada de molido caliche. Habían traído de la maestranza un gigantesco y estrafalario ataúd de roble forrado en zinc por su interior, en el cual debían caber restos del difunto y grava salitral, todo ello junto y mezclado, por haberlo hecho inseparable la molienda y haberlo evacuado así la chancadora dentro de la vagoneta.

Ya las miradas interrogaban todas al Hombre; de manera que éste dio la voz:

—Adelante.

El mayordomo sacó entonces la chaveta de la tolva del carrito, y se yació en el suelo la trágica carga.

Entreverados con el polvo y los pedruscos debían encontrarse los restos del chanchero. Y sus cuatro camaradas de cuadrilla empuñaron palas, y, decidido el gesto, vencedores de la repugnancia, emprendieron la faena.

Pronto descubriéronse las primeras manchas de sangre embebida en el mineral Luego, poco a poco, ropas y trozos de carne, ropas y huesos triturados, ropas y entrañas. Un zapato hecho un barquillo manaba una borra viscosa. Tras él se dio con lo que debió ser el tronco, sanguinolenta masa de tierra, cascajo, intestinos, piltrafas de pantalón con vísceras. Una media boliviana chorreante pendió por varios segundos en un tornillo y después cayó como reptil despanzurrado.

Los peones trabajaban con fiebre.

—¡Más cuidado! —les gritaron.

Pero ellos continuaron, enloquecidos en su labor.

Y nadie insistió.

No atinábamos sino a mirar, a pesar del deseo de no ver. Los rostros estaban verdes y sentíase la emoción temblar en todo,, hombres y cosas. Mas en el momento de reconocerse el cráneo, masticado con el gorro de lana, muchos tuvimos que volver la cara. Mis ojos se habían detenido en un viejo corpulento que lloraba sobre su abdomen, cuando de entre la multitud subió un alarido al cielo.

—¡Las mujeres! ¡Llévense a las mujeres, carajo! —rugió alguien.

El Hombre levantó los brazos.

—¡Chit! Calma —ordenó, y fue obedecido.

Ahora ya no febrilmente, sino con respetuoso cuidado, manejaban los braceros sus palas, escogiendo el material con despojos y llenando con él la enorme caja. Colmada quedó de carnes, tierra y guijas. Por fin, le soldaron el zinc y le atornillaron la tapa. Media tonelada pesaría cuando la subieron al carrito en que viajaría al cementerio.

Allí la veíamos ya, cual obra cumplida, en toda su importancia, monumental y negra, con su. gran cruz blanca y el nombre al pie:
FROILÁN JORQUERA
Q.E.P.D.

Algo como el alivio de un suspiro final sosegó a la gente, y la actividad de los impasibles, que habían permanecido a la espera, encontró empleo en la ordenación del funeral. Con otros semblantes, se organizaron las filas, los endomingados recompusieron sus trajes, dos mulas se engancharon al carro y el cortejo partió por la vía férrea, hacia Huara, donde estaban la estación y el cementerio, y hallarían paz el difunto y unas copas de “quitapenas” la concurrencia.

Viéndolos alejarse bajo aquel sol que ponía en el desierto un refulgir de ascua; que agrietaba los salares y fundía en sudor los cuerpos, permanecimos algunos minutos.

Luego nos llevó el Hombre a beber, a la sombra del corredor, la cerveza inglesa de la Compañía.

Se cambiaron allí comentarios. Se repitieron vulgaridades. Y tan pronto el Hombre divisó al boletero en lo alto de la rampa, se despidió. Quería reanudar cuanto antes las faenas.

Opté por abandonar la tertulia y seguirlo. Forma siempre la rampa un montículo de diez a. doce metros sobre el piso natural; más construcción que cerro. Por un lado, funciona el ascensor para las vagonetas que la locomotora trae desde los acopios, y que se vuelcan en seguida dentro de los buzones. Otra casa está constituida por el muro, en cuya base empotran las chancadoras, las fauces abiertas al buzón receptor del mineral, las bocas de expulsión abajo, encima de la línea donde otras vagonetas reciben el molido, para subir con él un plano inclinado y vaciarse en los cachuchos hirvientes que darán sus caldos ricos en yodo y salitre. Y el costado que bautiza el total es la verdadera rampa, por donde las carretas trepan y van a despeñar también su pedrazón en los buzones. Después, sólo una garita para el boletero que recibe, cuenta y da la contraseña de constancia.

—Las dejé cosiendo los vestidos de luto —contaba el boletero al reunirnos a ellos—. Están muy agradecidas.

—¿ Agradecidas?

—Sí, señor; por los quinientos pesos.

—¡Hombre! A mí que no me den las gradas. Es la Compañía quien paga. No me gusta adornarme con plumas ajenas.

—Sin embargo, usted ordena con buen corazón...

—Ordeno lo que ordeno porque me pagan para pensar, no para sentir; para proceder con buen ojo, amigo, a fin de evitar complicaciones y hacer ganar siempre dinero a los accionistas. Yo no miento, ni simulo, ni me consigo afectos. No soy bueno.

—¡Cómo!

—Ni bueno ni malo. Algunos dicen que soy malo. Soy buen administrador. No hago maldades porque no cometo torpezas. Y a propósito, ¿qué familia queda?

—Ellas, no más. Las tres Jorqueras.

—La viuda y las dos hijas. ¿Y el muchachón?

—¿Segundo? Anda por Negreiros.

—Que lo llamen. Mientras tanto, pueden seguir ellas con su cantina. ¿Tienen muchos pensionistas?

—Comen ahí como quince solteros.

—Están muy bien. Ganan bastante. Pero el muchacho, que lo busquen. Le daremos el trabajo del padre. A ver si él no se mata. Escarmentará con la muerte del viejo.

—El finado nunca escuchó advertencias. ¡ Inútil, señor!

—Porque son unos boquiabiertos porfiados pasan estos accidentes — añadió el Hombre, volviéndose a mí.

Caminamos unos pasos, hasta situarnos a la orilla del buzón.

La desgracia se había producido como ciento se produjeran ya. En la gran zanja que es el buzón, los caliches se derraman por una ladera de mucho declive.

Cada chanchero, valiéndose de un largo garfio de hierro, debe ir dirigiendo las colpas hacia la boca de su chancadora. Para esto anda sobre los trozos de caliche, pisa en ellos, resbala, se equilibra, mas no ha de colocarse jamás ante las fauces, pues una mala pisada le hará rodar y caer dentro.

—Y este hombre, pues, señor, dale con que sabía lo que hacía. Pasaba siempre encima de los bolones en bajada. Se creía maromero; señor.

—¿Usted lo vio caer?

—Yo salí de la garita a los gritos. Cuando llegué, Tiburcio y Joaco lo tenían de los brazos, forcejeando. La máquina, como usted sabe, cuando agarra no suelta; tira para adentro. Por algo se llama chancho. Tira para adentro, masca y masca, y no hay fuerzas que le quiten la presa. Nosotros tiramos mucho. ¡Inútil! Se lo comió, no más. Si yo hubiese tenido un hacha, le corto las piernas desde un principio.

—Un hacha...

—Digo yo. Más hubiese, valido que perdiese las piernas y no la vida. Además, desde un comienzo se le había ido el sentido, con el sufrimiento. La imaginación pintó en mí tal cuadro de horror, que no atendí a pormenores. Así, tan sencillamente, ocurrían siempre las desgracias.

Largo rato conversaron ellos. El trabajo se había reanudado bajo el sol tostador, entre las nubes de polvo y los ruidos de la ferretería, al compás sordo de los chanchos. Los chancheros del turno, en silencio, ponían toda precaución en sus movimientos.

El Hombre calló hasta que nos retiramos.

—¿Ve usted? —me dijo en el camino—. Testarudos, brutos. Se habla de dispositivos protectores. Pamplinas. Se han puesto rejas sobre los cachuchos, porque los trabajadores solían caer al caldo hirviente. Ahora pierden las piernas como antes las perdían, porque andan sobre las rejas. Los técnicos no siempre son psicólogos. El remedio hay que buscarlo en forma que obre dentro de las cabezas. Yo veré de hallarlo.

“Y es capaz de idear un buen medio”, pensé. No sé qué tenía, ese hombre brutal, que inspiraba fe. Su aspereza resultaba muy a menudo desagradable; pero algo había en su faz de moro, en su corpachón blanco pero afinado como el de un bajá, aun en las arrugas de interior blanquísimo que ocultaban sus facciones tostadas, por todo lo cual se adivinaba una capacidad de raza. Pocos le querían. Tampoco yo. Su conducta demasiado abierta, sin prudencias ni reservas, su hábito de hablar sin miramientos para nadie, como si reflexionase a solas, le presentaban áspero, agrio, agresivo.

Recordé que cierta vez, ante la investigación de unas cuentas, un cajero había formulado protestas de honradez.

—Nadie me ha podido decir ladrón hasta hoy, señor.

Y él, tranquilo y con la cara llena de risa, le repuso:

—Hijo, nadie es ladrón hasta que lo cogen.

Esto, sin maldad, sin objeto de ofender. Sólo porque él era así, todo a la vista. Tanto, que en aquella ocasión había terminado jugando al póquer con gran naturalidad y en muy cordial camaradería con el subalterno.

Se le conocía mucho, para ofenderse con él.

En todo caso, el día me había fracasado. No acepté quedarme a comer.

Y regresé a mi oficina tan pronto como el tranvía me fue dispuesto.

Por muchos meses evité volver a la Tamarugal. Aunque mi espíritu hubiese dormido en la más cómoda de las posturas, el mal recuerdo me desganaba.

Pero había de regresar un día. Y ocurrió que en tal ocasión necesité subir a la rampa del accidente.

Hablaba con el boletero, a causa de mi personal diligencia, cuando descubrí en el muro de las chancadoras, colgante de un gancho, un objeto extraño: un hacha descomunal.

—¿Y eso? —pregunté.

—¡Hem! ¡Cosas del Hombre!

—¿Un hacha?

—El la nombra “el verdugo”. O de no, “la mano de Dios”.

Cuando volví la cara, estaba el propio administrador a mi espalda. Soltó una carcajada ante mis ojos espantados.

—Y ahora —dijo— la puedo llamar además “el santo remedio”.

Era el dispositivo psicológico, que operaba dentro de las cabezas, que gritaba su amenaza de caer sobre las piernas y hacía cuidadosos a los testarudos, por obra del espanto.

—Pues no ha vuelto a ocurrir ningún accidente, amigo. ¡ Santo remedio! —concluyó, arrastrándome del brazo a beber el amargo schop de la Compañía.



Candelilla

Federico Gana

Un mediodía de primavera, mi padre, que se paseaba, como era su
costumbre, por el corredor interior de las casas del fundo, me dijo:
-Tienes que ir luego a los potreros de abajo, a Los Montes. Anda
con el Candelilla para que te señale bien.
Llamé en voz alta y tendí mis miradas por el largo corredor, en cuyo
extremo se agrupaban los peones que esperaban el pago, y no vi,
entre ellos, al llamado Candelilla. Sólo estaban allí, afirmados en los
pilares o paseándose, algunos trabajadores que conocía desde la
niñez.
El apodado Candelilla, a causa tal vez de sus ojos claros y rubios
cabellos, era una especie de vagabundo, casi siempre invisible para
mí, y muy popular en esos contornos. Sabía yo vagamente que era
algo así como un ayudante del cuidador de animales, sin sueldo, y
con ración solamente cuando trabajaba; sabía que muchas noches
llegaba a la cocina de las casas a comer cualquier cosa de los restos;
que en los veranos, cuando llegaba la época de los cortes y cosechas
de trigo, emigraba al Sur, a Traiguén, a Victoria, la Frontera, en
busca de trabajo, llegando después, en invierno y entrada de
primavera, refugiarse al calor del fogón hospitalario de las cocinas,
como tantos otros.
De pronto, del grupo de peones, una voz ronca, alegre, burlona,, de
acento despreciativo, dijo:
-Patrón, allá viene el Candelilla…
Se escucharon risas contenidas… Dirigí la vista por todo el amplio patio plantado de enormes
eucaliptus y pequeños duraznos florecidos, y vi a Candelilla que salía
de la cocina y avanzaba hacia el corredor con la cabeza descubierta.
Se detuvo frente a mí con un afectado además de respetuosa
obediencia. Yo caminaba ahora con interés al respecto de ese
hombre que antes había mirado con indiferencia. Era un individuo de
regular estatura y anchas espaldas, delgado, recio; vestía una ropa
a la que el largo uso había dado un color indefinible; sus pies
estaban calzados con ojotas. Y a pesar de la tibieza del día, cubríale
el torso una gruesa manta de invierno, rota y deshilachada. Se
inclinaba ante mí, pero sus redondos ojos verdes, muy claros,
fijábalos con risueña expresión expresión interrogativa en mi
semblante. Imposible habría sido definir la edad de aquel sujeto,
pues los ásperos y lucientes cabellos, el grueso mostacho, las
espesas cejas de un rubio claro, denunciaban la juventud, al par que
las hondas mejillas fatigadas, sueltas, picadas de viruelas, la
estrecha frente, en que las marcadas arrugas parecían cicatrices,
hablaban de largos años de trabajo y padecimientos.
Le expliqué, rápidamente, lo que teníamos que hacer; y mientras me
ponía las espuelas, le pregunté:
-¿Hay mucho barro todavía allá abajo?
-Algo queda, señor, porque el invierno ha sido malo.
Subimos a caballo; y al montar Candelilla la flojísima yegua, casi
inválida, que cabalgaba, del grupo de peones, alguien le dijo con voz
fuerte: -¡No se te vaya a cargar la bestia!
Candelilla sonrió vagamente a la broma, mostrando su gruesa
dentadura amarillenta.
Marchábamos lentamente aspirando con delicia el aire puro
campesino. Mi vista se extendía por el vasto potrero de las casas
donde pacía el terneraje. A lo lejos, al Sur, divisaba el caserío del
pueblo que se proyectaba amontonándose a los pies de los enormes
murallones de cal y ladrillo de la iglesia inconclusa aún. En el confín
de la costa sucedíanse los cercados de perales florecidos de blanco,
de sauces cubiertos de hojitas nuevas, los grandes álamos, la tupida
zarzamora; aquí y allá los pequeños ranchos de paja de los inquilinos,
destacaban con profunda claridad, sus manchas sombrías sobre el
cielo pálido y tranquilo.
Al fin llegamos a nuestro destino, el potrero de Los Montes o La
Crianza, como indistintamente se le denominaba. Y vi a Candelilla
esforzándose en vano por bajar las gruesas varas de un tranquero.
Me desmonté de mi caballo y entre los dos corrimos, con dificultad,
los pesados largueros.
Le dije sonriendo:
-¡Estás muy falso, hombre! -Es que este brazo lo tengo malo -me contestó, indicándome, con su
izquierda, la mano derecha, en la que observé, inmediatamente, una
grande y profunda cicatriz en la muñeca y algunos dedos encogidos
y engarrotados.
-¿Y de qué te vino eso?
-Fue de un balazo que me pegaron hace años. Aquí en el hombro
tengo otro, continuó, y por eso no tengo fuerzas.
-¿Dónde te pegaron los balazos?
Se alegre rostro se iluminó con una sonrisa tímida y contestó entre
dientes:
-Ahí le contestaré eso más tarde…
Y yo, atravesando el hondo y sombrío estero cubierto de espeso
bosque que aún nos separaba de Los Montes, pensaba en que tales
desperfectos debían haber sido causados por una riña colosal.
El potrero a que entrábamos formaba extraño contraste con los que
acabábamos de atravesar. Los arrayanes, las pataguas, el maqui, el
canelo y el litre crecían silvestres, libres y opulentos en las
hondonadas pantanosas. Las tórtolas y las torcazas, que aún no
emigraban a la montaña, volaban lentamente, descuidadas, de árbol
en árbol, sobre nuestras cabezas.
Fatigados de marchar por atajos, pantanos y boscosos vericuetos,
llegamos por fin a un pequeño alto donde crecían algunos maitenes
jóvenes, cubiertos de espesos quintrales. Alrededor de las rojas
flores, color de sangre fresca, de los hermosos parásitos,
zumbaban bandadas de picaflores que volaban siempre inquietos
yendo rápidos de un árbol a otro, lanzando estridentes gritos de
alegría, de íntima embriaguez. Candelilla se acercó a mí; permanecimos silenciosos a la sombra de
los árboles. Le dije:
-Cuéntame al fin cómo te pegaron esos balazos.
Su rostro animado, alegre enigmático, sus ojos ingenuos, casi
infantiles, se ensombrecieron; parecía haber enrojecido de súbito;
se sacó el viejísimo sombrero, rascóse fuertemente la cabeza,
suspiró, e inclinando el rostro, exclamó, como hablándose a sí
mismo:
-¡Yo he sido muy padecido, patrón! Si le contara…
Yo escuchaba atento…
Alzó la cabeza, miró a su alrededor, y continuó:
-Yo nací aquí, en este fundo. De aquí son mis padres; mi familia vivía
en esta tierra cuando el dueño era el finado don Antonio Pando. A la
muerte de don Antonio, los hijos y las hijas se empobrecieron,
según habla la gente, porque había poco trabajo entonces, apenas
para poder comer un pan. Yo estaba aquí cuando llegó el patrón de
hoy que les compró a todos los Pando… Yo era joven como el patrón,
como su padre; era el quesero de este fundo -continuó, alzando
orgullosamente la voz al recuerdo de aquellos felices tiempos de
juventud, de abundancia…- . Me ocupaban en todo: ¡qué Camilo, aquí,
que Camilo, acá! ¡Con qué gusto trabajaba!
Meditó un instante, y en seguida continuó con una voz misteriosa,
con los ojos brillantes, encendidos, tal vez al recuerdo de una
felicidad lejana, perdida para siempre. -Usted no debe acordarse de todo esto porque era muy mediano,
apenas se levantaba del suelo. Un día llega la señora de Santiago.
¡Qué bulla en la casa con los arreglos, qué trajines! Traía una
chiquilla, al Tránsito, muy joven y muy buena. Me casé con ella, pues,
señor. En esto viene la guerra del Perú y principian a enganchar
gente en el pueblo. Entonces no entraba nadie a la fuerza. ¡Cómo se
llenaba el cuartel! Hacía dos meses no más que me había casado,,
cuando un sábado que, lo confesaré, andaba un poco alegre desde
temprano, ¿no me da por ir a meterme a la estación? Pues allí había
una bolina de gente y músicas, porque pasaba un batallón de los que
iban a pelear al Norte. Los enganchadores, muy amables, agasajaban
a todo el mundo. Sale un futre y se monta a un carro y dice que a la
patria la tienen traicionada, que la van a cautivar, que todos
tenemos que correr a defenderla porque somos sus hijos, que
nuestra sangre es poca para darla; y aquí me tiene usted embarcado
para la guerra. Mi mujer, a la que noticiaron que me iba, alcanzó a
llegar cuando el tren ya estaba andando. Y así la vi, señor, por
última vez, llorando sin consuelo y levantando los brazos como si
quisiera sujetarme. Vino la noche en el camino. ¡Ya no había remedio!
Cuando llegué al Norte, me destinaron al 2° de línea, y en él hice la
campaña con mi finado comandante Ramírez.
Guardó silencio un instante, profundamente absorto en sus
recuerdos y, en seguida, continuó con grave acento:
-Y allá fuimos mandados a pelear, en Tarapacá. Y vamos marchando,
niños, muy contentos por aquellos desiertos que parecían brasas
encendidas; brasas, patrón, en la cabeza, en las espaldas y en la
boca reseca como un a yesca. ¡Hubiera visto, señor, algunos
compañeros que quedaban rezagados, buceando el agua en la arena,
con los dos manos, como locos!
“Cuando tuvimos al enemigo al frente, ya no nos quedaba agua en las
caramayolas; el sol siempre en la cabeza y la boca amarga como la
hiel. Y bala y bala. De repente mandan bajar a una quebrada: “ahí está el agua”, decían: los compañeros corren sin obedecer orden
ninguna y se ponen de boca a beber hasta empiparse, cuando a los
dos lados de la barranca aparecen los enemigos como moscas, que
nos estaban cateando. ¡Hubiera visto, patrón! Todos los sedientos
quedaron ahí, muertos como patos en bandadas. Yo con mi teniente
Arrieta y un subteniente Valenzuela, logramos guarecernos de las
balas que caían como granizo, en una casita de tejas que había
arriba. Allí había mucho de los nuestros. A los peruanos los
teníamos siempre tan cerca, que les veíamos las caras y les
escuchábamos las voces. Nos veíamos rodeados; las balas
atravesaban las murallas de adobe y el que se asomaba a la puerta
era hombre muerto. Mi capitán Necochea estaba allí herido de
muchos tiros y pedía a gritos agua y que lo mataran; y nosotros sin
poder darle nada, saltábamos por encima de él y disparábamos
defendiendo la vida a más y mejor. De repente, por una ventana,
veo, patrón, como en una estampa, que mi estandarte, el estandarte
del 2°, se lo está peleando la guardia del regimiento con una niebla
de enemigos, no a tiros, sino a culatazos, guantadas y tirones,
pedacito a pedacito. ¡Qué le diré, patrón! Al ver esto sentí yo lo
mismo que el día que me enganché allá en el pueblo; y casi sin saber
cómo, corrí solo hacia mi estandarte como si me hubiese vuelto loco.
Iba corriendo con el fusil bien apretado, cuando escucho una
descarga cerrada y siento aquí, en el pecho, como si me hubiesen
dado un trancazo tan fuerte, que me hizo dar mil vueltas y perder
el sentido. Cuando volví en mí y levanté la cabeza, ya no estaban los
que peleaban y del estandarte ni había ni señas. Ahí cerca no vi sino
un rimero de muertos hechos pedazos y chorreando sangre. Con la
descarga me hicieron las dos heridas en la muñeca y en el hombro.
¡Así fue como me pegaron estos balazos, patrón!
Después de la campaña, me vino esa fiebre de tiritones que todavía
me da, y me mandaron a Chile.
Cuando llegué aquí, me encontré solo, sin casa y sin mujer, porque la
pobre Tránsito se había muerto de viruela. Y así estoy solo desde
hace más de veinte años, sin nadie en este mundo, viviendo aquí y
allá. ¡Qué hacerle! ¡Ésa habrá sido mi suerte!
Durante esta relación, el sol se puso; el crepúsculo manchaba ya de
sombras el horizonte; las primeras estrellas principiaban a brotar
dulcemente en el cielo. Regresamos en silencio.
Y al llegar a las casas, le digo:
-Pásame tu mano.
Me la tiende en silencio y yo estrecho con fuerza, en la oscuridad,
aquella diestra mutilada de un héroe humilde e ignorado como
tantos otros…
FIN











Francina de Marta Brunet


Hija de una madre enfermiza, el padre siempre ausente en largos viajes de negocio, Francina, en la enorme casona, vivía a su antojo, malamente vigilada por una institutriz.
Alta, fuerte, con largos brazos de mono, la cara de manzana, los pelos engrifados y los ojos demasiados claros, demasiado extáticos, la chiquilla tenía una sola preocupación: leer.
Devoraba todo lo que no fuera texto de enseñanza. Diarios, revistas, cuentos, novelas eran su anhelo. Lo otro, aquello que Mademoiselle quería obligarla a leer --¿eso?--, no le interesaba. Que la tierra fuera redonda, que en el año tal los godos asolaran Europa, que el agua se llamara H2O en la fórmula química, que el rastro que deja el punto al ponerse en movimiento fuera la raya, ¿para qué saberlo?
A ella le gustaba lo maravilloso, lo que no tenía explicación posible sino en el poder de seres, de fuerzas ocultas. Y como no encontrara lo maravillosa en su vida de muchachita burguesa, se hurtaba a ella para vivir las aventuras de cuantos libros podía leer.
Tendida de bruces en el suelo, sobre una alfombra, cuando el frío la retenía en el interior, en el pasto de los prados cuando el calor la echaba al parque de la casona, contraída por la atención, con la sensibilidad alerta, hiperestesiada, Francina leía, encarnándose en cada personaje, con el músculo de acero, el ceño duro y el alma de valor cuando un héroe la entusiasmaba de batallas; llena de amarguras por la tristeza de un enamorado en desgracia; sintiendo el corazón lleno de odio y gesto salobre de un ruin envidioso; toda ternura con el suspirar de una cautiva maravillosamente bella; rebosando clarinadas por la boca de un guerrero vencedor; audaz de piraterías en el abordaje de un corsario; todas las vidas que encierran todos los libros que un niño puede leer las vivía Francina alucinada.
Luego de leer venía la holgazana, inmovilizada de ensoñaciones. Pero al correr del tiempo fue tomándole gusto a representar lo que leía y ensoñaba y --desde que diera con este nuevo placer-- las horas eran de cabalgatas en un palo, de envolverse en una colcha, con una tapa de sopera en la cabeza y un plumero en la mano; de decirle "varilla de virtud" a cualquier ramita que encontrara en el camino; de aguardar la medianoche para ir a ver los elfos salir de las flores; de adornarse con tiras de papel y a grandes saltos danzar el rito religioso de unos salvajes; de mirar con ansias debajo de todos los pedruscos buscando a los gnomos guardadores de tesoros.
No la arredraba la realidad; mejor dicho, no llegaba a verla. Era tan grande su fantasía, que cuando imaginaba se le tornaba palpable, y así el palo era un brioso caballo que la hacía jadear, y la colcha el más hermoso manto de armiño, y la tapa de la sopera una corona de perlas, y el plumero un cetro de oro, y la ramita le concedía cuando pidiera, y en la medianoche veía a los elfos bailar rondas de locura con las hadas y el rito sagrado le dejaba un fetichismo que la hacía adorar cualquier cosa, desde el sol hasta una raíz de forma extraña, y los gnomos solían traerle gemas estupendas.
Así era la vida de Francina.
A veces la institutriz protestaba y llegaba quejosa hasta la señora enferma o hasta el señor en sus cortas estadas en la casa. La madre sólo sabía disculpar a la niña, buscando motivos de perdón y tolerancia en su propia gran terneza. El padre --con su voz de imperio-- tronaba amenazas y represiones sobre la chiquilla, que lo oía muy seria, muy abiertos los ojos, muy distante el pensamiento. Se decía "Parece Barba Azul. Pero no, ahora, con los bigotes erizados, es igual al rey Almaviva, el de los elefantes de oro"
Y no demostraba arrepentimiento ni prometía enmienda. Las caricias de la madre y las represiones del padre no le dejaban huella alguna. La institutriz acabó por aburrirse y abandonarla a su placer.
A los catorce años, descompaginada por el crecimiento, fea y sin gracia, Francina tenía un alma de niña en un cuerpo de mujer. Seguía siendo una desarraigada de la vida, una ensoñadora aferraba a lo maravilloso ahincadamente.
Pasó la gran crisis de la pubertad sin ninguna inquietud: no sentía la obscura atracción del hombre que sólo existía para ella en la quimera. No se ocupaba de adornarse. Le gustaba vestir un mameluco que le dejara libre los movimientos, y en las noches, para las comidas familiares que se celebraban de tarde en tarde --la madre seguía enferma y el padre viajando--, como único signo de coquetería mostraba una cinta atada al cuello, un lazo que ella le parecía de gato regalón, tal vez de "Micifuz" el de las botas.
Habituada a los seres imaginarios, las gentes reales la amedrentaban. Apenas atinaba a saludar y a esconderse. Solo sabía hablar por boca de sus héroes. El barullo de las calles la azoraba. Una vez la llevaron al cine y tuvo tal impresión, que cayó enferma con fiebre nerviosa, y la madre, asustada, nunca más la dejó ir al teatro. La música era su encanto, dándole arrobos que eran casi éxtasis. Pero la total dicha seguía encontrándola en los libros.
Hasta que un día Francina dio con Marcial Luco y su vida cambió.
Estaba en el parque, tirándoles piedras a unos micos imaginarios que molestaban al bueno de Robinson en su isla. Robinson era ella. De pronto, a su espalda, una voz llamó:
--Francina...
Se volvió admirada.
Cerca, vistiendo traje de montar, alto, moreno, con los dientes deslumbradores en la boca fresca de juventud, con los ojos atentos y bondadosos, un hombre la miraba. Era el príncipe Floridor... ¡El príncipe Floridor! ¡El príncipe Floridor! ¡Qué gentil venía! Y batió palmas y le sonrió y le hizo un saludo de corte, igual a los que hacía la princesa Corysanda.
--Señor --dijo--, sed bien venido en mi isla. Habláis con Robinson.
El joven la miraba atónito.
--Pequeña, ¿no me recuerdas? Soy tu tío Marcial, el primo de tu padre. No me mires con ese aire de espanto.
Francina recordaba... y despavorida trató de huir, que era mucha vergüenza haber hablado como lo había hecho. Pero el joven previó el movimiento y la inmovilizó apoyando una mano sobre su hombro.
--¿Estabas jugando? -- preguntó.
--Sí... No... Es que... -- y no puedo decir más, sofocada de miedo y pena.
Quería esconderse, quería huir, quería morirse antes de seguir sintiendo la mano del joven apoyada en su hombro y los ojos mirándola inquisidores.
Y como no hallara otra forma para hurtarse a ese examen, se tapó la cara con las manos y rompió a llorar desconsolada.
--No llores, pequeña... ¿Te he causado miedo?
Tenía una voz grave que hacía vibrar los nervios. ¿Entonces alguien, algún humano, podía poseer esa voz que ella creía privilegio de sus príncipes legendarios? ¿Podía un hombre acercarse a ella y darle esa onda de calor que la anegaba en una dicha desconocida?
--¿Te he causado mucho miedo? -- insistía el joven.
--No... No... --Lloraba siempre, a pesar de la dicha que sentía, porque era otra nueva dulzura entreverlo a través de las lágrimas, inquieto y consolándola.
--¿Qué niegas? ¿El miedo? ¿O es que no quieres que te vea la cara llorosa? ¿Es eso? Vamos, escápate a lavarte los ojos y a empolvarte. Almuerzo con ustedes. Mientras te arreglas me quedo aquí, fumando. No te demores. Hasta luego.
Retiró la mano que apoyaba en el hombro, retiró la mano que acariciaba la cabeza. Se alejó parque adentro. La chiquilla lo miraba irse. No era el príncipe Floridor de sus sueños: era su tío Marcial en carne y hueso. No era quimera: era la realidad.
¿Qué le había dicho? ¿Arreglarse? ¿Ponerse polvos? ¿Esperarla? ¡Oh!
Se miró las manos llenas de arañazos. Se miró las piernas flacuchentas y los pies enormes en los zapatos de tenis. Se miró el mameluco de brin deslavado. Y se avergonzó de sí misma. Un impulso que la hizo correr a la casa, con el corazón aún aturdiéndola por el golpeteo sordo de la emoción. Llegó a la pieza anhelante, tembloroso el cuerpo, ardiendo las mejillas, deslumbrados los ojos.
Buscó en el ropero, volvió al tocador, abrió cajones, volcó cajas, trajinó febrilmente hasta juntar un vestido, unos zapatos, unas medias, un gran lazo que ponerse. Entonces, con ansia angustiosa, se asomó al espejo a mirarse.
Francina niña había encontrado a Francina mujer.





Cuento Vásquez de Guillermo Labarca
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